La vuelta del Octopato



Habiendo cumplido uno de los mayores propósitos de mi existencia, respiré profundo, sintiendo el aire tomar posesión de mis pulmones y vaciarse mi mente, y miré el cielo pálido de las diez de la mañana. ¿Y todo esto por qué? Porque ayer, por fin, subí a la azotea de mi casa.
Desde que tengo memoria, uno de mis pasatiempos preferidos ha sido subir a las azoteas de las casas donde viví. A los tres años era una casa de un sólo piso y la madre y la abuela se infartaban cuando veían al pequeño Nicanor escalando la pared para llegar arriba. Nunca me caí. Caían los soldaditos con paracaídas de bolsa de plástico que por aquel entonces vendían para diversión de los niños aficionados a la aerodinámica básica, quienes soñábamos ser nosotros quienes descendieran así.
Después, las tardes y noches de contemplación celeste en el techo de la casa de dos pisos –más bien dos casas pegadas, la de la planta baja y la de la planta alta- donde Nicanor pasó la infancia. Subir era ya una misión secreta y clandestina, para evitar el castigo derivado de las mortificaciones maternas por las alturas. Casi siempre refugio, la azotea, en tiempos del internado en la prepa devino en lugar predilecto de reflexión, alejada del bullicio y del mundo, con la compañía de una armónica que Ian nunca aprendió a tocar pero que hacía sonar con ganas y con entrañas, desgarrando con sus notas metálicas el aire de la noche dulzura de plata.
Podría decir que espero volver a instalarme en la azotea durante los momentos de introspección, pero no parece del todo conveniente. Hay una especie de tensión en la familia producida por la idea de subir al techo, y muy en el fondo es la razón de que no lo hubiera hecho hasta ahora.
Lo que sí puedo decir es que el Octopato, aún convaleciente, se recupera después de algunas reparaciones intrépidas pero muy necesarias, con una transfusión de hierbabuena y estragón que le devolvió bríos, y ya anhela el momento en que dejará la cuarentena. Gracias por los chocolates, las crepas, las rondanas, los tornillos, las pasitas y los tin larín, que tanto le gustaron al Octopato, y por el vino que tanto me sirvió a mí.
Nadamás
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