Las tres cosas del romero (de Enrique González Martínez)



Sólo tres cosas tenía,
para su viaje, el romero:
los ojos abiertos a la lejanía,
atento el oído y el paso ligero.
Cuando la noche ponía
sus sombras en el sendero,
él miraba cosas que nadie veía
y en su lejanía brotaba un lucero.
De la soledad que huía
bajo el silencio agorero,
¡qué canción tan honda la canción que oía
y que repetía temblando el viajero!
En la  noche y en el día,
por el llano y el otero,
aquel caminante no se detenía,
al aire la frente, y el ánimo entero,
como el primer día...
Porque tres cosas tenía
para su viaje el romero:
los ojos abiertos a la lejanía,
atento el oído y el paso ligero.
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