Imagino todas las formas posibles de mi muerte, me entretengo pensando una y otra vez cada detalle, lo mínimo de las variantes me interesa como asunto fundamental.

Estoy de campamento en la sierra, llevo una bolsa de dormir pero no una casa de campaña, yago sobre pasto tibio que absorbió la energía del sol durante el día, saborean mis ojos un cielo salpicado de crema batida, el viento me dice cosas tristes al oído, de repente un aliento febril junto a mi mejilla me despierta, y unos colmillos se me hunden en los muslos, otra mandíbula en el cuello, y siento una sangre correr libre, eufórica, por el cuerpo, que va siendo despedazado por los coyotes. Una familia de día de campo prende la parrilla para asar carne, el niño encuentra algo entre los arbustos y pregunta Mamá qué es esto, mientras sostiene en la mano lo que queda de mi verga, y la señora le quita la tierra, la coloca con el resto de la carne creyendo que es un pedazo de carne caído de la bolsa donde traía la arrachera marinada.

Consigo el papel estelar de Abuelo Promiscuo, estelarizada por la Yuyis, beldad descomunal. El argumento de la película es bastante sencillo, como tienden a serlo todas las por no que se precien de serlo: en una casa en las montañas vive el hombre, solo con sus cabras. La Heidi, una quinceañera que parece de veinte, acaba de quedar huérfana y él la consuela acariciándola por todos lados, le quita la ropa y la tumba frente a la chimenea de la cabaña, que no tiene otro mueble sino una silla de metal con el logotipo de cerveza Bohemia. Sobre la alfombra, el señor se saca la poderosa y traspasa a la jovenzuela, como si supiera que es la última vez; no dura ni un minuto, y si un solo gemido o palabra, cesa su actuación y su vida entre las piernas de la Yuyis.

Camino por una de las calles céntricas y poco iluminadas donde me gusta pasear por las noches, con la esperanza de encontrar alguna de mis putas favoritas que rondan por el barrio del Socorro, pero no están ahí. Voy de esquina en esquina, y parece que quisieran huir de mí esta noche todas las prostis, ni que viniera a rogarles… traigo dos quinientones para pistear y coger a gusto, ¿ahora resulta que se van a poner sus moños como la pendeja de la otra vez que me salió con que “yo no les hago jales a los ancianos porque me dan asco”? Ni que fueras una pinche geisha, te crees el non plus ultra de las meretrices y solo coges para pagarte tus pinches pasones de coca. Y así, de tan emperrado que voy, ni me fijo que alguien me sigue a un par de metros, apura el paso, me alcanza, saca un picahielos y amenaza con usarlo en mi lonja si no me caigo con la feria, yo todo desconcertado trato de zafarme, y sas, le atina al puro hígado, con toda calma entonces recoge la cartera y se lleva los billetes, las credenciales y los vales. En la morgue me ponen la ficha 179/1998.

Agarro la jarra con el Irigoyen, unos pomos bien sabrosos de guacardí, lo compramos en la licorería de la colonia Agua Prieta y nos los bebemos en su casa, directo de la botella, brindando por las pinches viejas culeras que son todas iguale de hijas de su reputa madre, pero los amigos no, los amigos te acompañan de verdad en todo momento, como ahora, unidos más que nunca por un mismo licor habitándonos desde lo más profundo de nuestra pinchedad; sólo existe el ahora y somos nosotros golpeando el aire porque sí, porque quisimos ser dueños de nuestra desgracia, con alaridos ebrios de noche, ebrios de hastío, una amargura que se exhala sin reposo. Tengo las uñas en el filo negras de rascarme la cabeza a cada rato, se me escurre un hilo de baba cuando abro la boca y se derrama sobre mi camisa, luída como mis ojos; siento una bruma espesa en la nuca, adentro, me tambaleo como una boya perdida en la opacidad del frío matinal pero no hay agua para flotar, soy un buche de alcohol y me escupe algún demonio sobre el caño, vuelo en picada hacia lo inevitable, una caída larga que no parece ser desde mi altura, aunque sí, lo es, y termina con un estruendo como de mármol, me ahogo en vómito, Irigoyen se acerca, llora, me abraza de la cintura y se duerme.

Escucho unos pasos en el umbral de la puerta, me asomo y nada. Cierro y voy al patio a encender el calentador. La perilla del gas rechina pero he olvidado los cerillos. Busco en la cocina, junto a la estufa, en el borde de la ventana del cuarto, y no hay. Me pongo unos pantalones de mezclilla y una playera azul un poco sucia, camino hasta la tienda y saludo a Doña Carmen que está desayunando huevos con chorizo, se me antoja pero tengo cita a las diez con el urólogo. Compro una cajita de Talismán y en el horóscopo dice que piense dos veces antes de decidir cualquier cosa porque hoy puede suceder algo que cambiará mis días. Me despido de Carmen, saco un cigarro del pantalón y me detengo en la esquina a fumar un rato, en lo que acaban de pasar las muchachas que van tarde a la prepa. Otra vez tengo alergia al polvo de la temporada, cargado de polen. No traigo mi pañuelo y me limpio un poco la nariz con la mano. Saco jugo de naranja del refrigerador, lo pongo en la mesa, en el patio enciendo un cerillo y el flamazo me avienta contra la pared. Quisiera arrancarme los brazos pero no puedo moverme, oigo sirenas lejanas, todo está negro, los sonidos se oscurecen y me duele respirar. Siento la sangre empujando las paredes de mi cuerpo como si el mar me apretara contra las rocas, la sensación se prolonga hasta que algo me atrapa, algo que me impide pensar.

Escucho unos pasos en el umbral de la puerta, me asomo y nada. Cierro y voy al patio a encender el calentador. La perilla del gas rechina. Desayuno huevos con chorizo y entro a la regadera. Juego con la espuma en mi cabeza, buscando guardarla entre los dedos, apresarla, moldearla. Tarareo las notas de una canción que escuché ayer por la radio, no recuerdo la letra pero creo que hablaba de caracoles. Me masturbo pensando en Carmen, la de la tienda, me paro de puntas y escurro sosteniendo la respiración, haciendo buches con el agua que cae en mi boca. Me sostengo de la llave de agua fría y miro mi pecho mojado, caen los chorros de agua entre las cicatrices de juventud cuando me navajearon en una pelea callejera en el barrio de La Constancia. Giro para enjuagarme la espalda, tropiezo con el talón izquierdo, resbalo, caigo, el agua corre junto con la sangre que borbotea desde mi cráneo, siento frío, los azulejos resplandecen con el sol que se cuela por una rendija de la ventana, con destellos rojizos por el reflejo del líquido vital que se me escapa.
Se hace tarde para la cita de las diez con el urólogo, ni ganas tengo de ir para que me revisen la verga pero igual me trepo al primer autobús, que pasa repleto rumbo al centro. Me cuelgo del estribo, dándole repegones a una rubia peliteñida con olor a agua de rosas y con medias negras, los autos circulan con fluidez y llevamos tiempo récord, pero al girar en una esquina donde hay un poste mi cabeza se estampa en la pura mitad del cilindro de concreto y adiós consulta, adiós rubia, adiós agua de rosas.
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