Cachorros


La mujer se levantó antes que el sol. Vestía una guanga playera agujerada, a manera de camisón. Del tambo medio vacío vertió con una jícara de plástico un chorro de agua zarca sobre la ropa sucia y talló. Un llanto de bebé rompió la noche. Ella canturreó

Una niña linda
que nació de noche
quiere que la lleven
a pasear en coche...

Un airecillo tibio se arrastraba entre la canción de cuna y el vaivén de los brazos de la mujer sobre el lavadero de cemento, luego caía por la loma, desde donde ya se veían los humos de la ciudad.

Una niña linda
que nació de día
quiere que la lleven
a la nevería...

A tientas encontró el mecate para colgar los pañales de la criatura.

—Tienes hambre, ¿qué te doy de comer?

Echó una mirada al cielo pardo, palpó su teta sobre la playera y tuvo un ligero estremecimiento al tocarse el pezón agrietado. Unos ladridos le indicaron que ya los obreros bajaban a trabajar, y ella misma debía apresurarse si pretendía conservar aquel puesto como empleada de limpieza.

Una niña linda
que nació de tarde
quiere que la lleven
a ver a su padre...

Bajo el techo de lámina, el interior del cuartucho era tiniebla, así que al cruzar el umbral no se percató que junto al petate había rodado una de las botellas de vidrio amontonadas en costales, que servían de cuna. El ruido de la nuca contra el suelo no fue tanto como el polvo que brincó con el golpe y que estuvo terminando de caer hasta un minuto después. La sandalia de la mujer cayó en el corral de costales con botellas, donde la criatura ya de nuevo dormía.

Unos trozos de pan duro en la esquina del cuchitril, junto a un montoncito de cascajo que había servido para cubrir algunos hoyos entre los tabiques. Un hocico negruzco, husmeando entre las migas. Colocó el pan en su lengua. No lo masticó para deglutir, y salió alzando la cola.

Regresó el llanto, pero el sol ya presidía el bullicio debajo. La madre, tendida en el polvo, ya no escuchaba, ya no cantaba para su bebé, que agitaba brazos y piernas como convulso. En un giro su manita tocó de pronto la sandalia, la llevó a la boca y la chupó hasta dormirse.

Tenía las tetas caídas, estaba casi en los huesos y esta vez traía consigo a los cachorros. A imitación de su madre, habían entrado al tabuco en silencio, por la orilla, escrutando con cuidado, quizá con temor. Una vez dentro, y terminada la inspección, devoraron las últimas migajas. La perra los miraba entretanto. No era suficiente comida. Olisqueó la entrepierna del cuerpo inerte, la playera había quedado levantada y estaban al descubierto las bragas rosas, cuyo olor la había atraído. Los cachorros gruñían. Uno de ellos se acercó a su madre e imitó sus gestos. Ya había terminado su inspección la perra, cuando un aullido la hizo voltear. El cachorro había hundido sus pequeños colmillos en el muslo de la mujer, y sus hermanos se acercaban para hacer lo mismo. La sangre aún estaba tibia.

Al día siguiente, la madre volvió con su camada para seguir alimentándose de esa carne, aunque el sabor ya no era el mismo. De haber otra comida, probablemente no habrían continuado mordisqueando lo que quedaba sobre los huesos de las piernas.

El bebé se había quedado dormido después de llorar toda la noche. El cansancio lo había agotado, volvió a consolarse con chupar la chancla de plástico y nuevamente permaneció dormido mientras los perros estuvieron ahí. Llevaba un día sin probar la leche que le nutría hasta entonces cada vez que la pedía a gritos. El hambre volvería a despertarlo una horas más tarde, pero no había quién le alimentara, nadie que atendiera su llanto. Los cachorros también estaban hambrientos. Seguramente volverían la mañana siguiente pero ya no podrían continuar alimentándose de la mujer. El bebé tampoco.
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