Encrucijada

Porque extraño a mi amiga, Ivanya, de quien no sé nada. Esto se lo escribí hace mucho.

Encrucijada
A Ivanya
¿De qué horizonte surgiste, qué barrunto te transporta hacia mí con tu vendaval? Tras ese velo, ese biombo oscuro y oscurizante, adivino tu pálida fortaleza.

Tus labios serán la portada de un compendio de esperanzas, tal vez adioses, hasta siempres; jamás hasta nunca, quiero.

Llegas para no acabar de llegar. Es decir llegas a medias, porque te irás.

Es buena oportunidad ahora para compartirte mi ataque de pánico, de terror por el futuro, ese adusto charlatán que siempre va tarde.

Quizá suena ridículo, pero es como si te conociera desde hace ya tantas incertidumbres…

Como si los parques hubieran dejado de correr.

Como si las torres, los campanarios, se contorsionaran hasta el suelo.

Hace tanto que te esperaba sin saberlo.

Todo mi mar se agita por tu culpa, que no tiene disculpa sino acción de gracias.

Sé que eres hermosa porque sé que te parió Calíope con el arpa. Eres el grito de la flauta dorada de los bosques. Tu presencia sosiega las sangrientas batallas, abaja las montañas siniestras, acalla el estrépito de cataratas.

Enarbolas ciudades por diadema en tu cabellera Vía Láctea.

Adoras el instante en que se funden la tarde y la nostalgia, y yo adoro tu mirada, que no me ha mirado ni un instante… esa puerta del cielo y del abismo.

Me encontraste -o te encontré-… ¡nos encontramos! cuando más necesitaba de mis lágrimas, cuando te negaste a ser sólo otra ausente.

Si bien, en mi dolor hay dicha, en mi risa también hay mucho llanto.

Puedes tomar de mí lo que tú quieras, yo te tiendo la mano.

Creo que llega el momento de decirlo: que tengas una feliz encrucijada.

Yo no creo en la felicidad. Quiero decir, si estamos en este cruce provisorio y después continuaremos el camino, es grato botar las maletas por un rato y detenernos a acariciar un próximo recuerdo, o a aproximar un recuerdo de caricia, o a recordar una caricia próxima.

Al menos desempolvemos un poco nuestra alegría, esa máscara que a veces dejamos olvidar.

Descálzate tu soledad, yo me quito de la cabeza mi desahucio.

Derroquemos los puentes levadizos, y los temores dinásticos, la dictadura del tedio.

Te tiendo no sólo la mano, sino también mis ojos, demonios sagrados de rosa marchita. Te tiendo mi desesperanza, que no es poca. Te tiendo mis versos azules y mi prosa nicotinada.

2006, agosto
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