Excentricidades de un palabrista




Aclaración preliminar. El nombre oficial ya me disgustaba antes que hubiera dejado la religión, y fue una ocurrencia piadosa de los progenitores: me pusieron Juan Pablo, en referencia a un señor polaco. Pero un bodoque de dos kilos ochocientos, ¿cómo opone resistencia a tales designios? Por lo menos no se les ocurrió llamarme Pafnuncio… Como sea. Para subsanar esa injusticia histórica, nos referiremos a este palabrista como Nicanor; y en tercera persona, para mayor divertimiento de aquella cosa que llamo "yo".

El mencionado problema de identidad de Nicanor en cuanto al nombre acompaña a otro, un problema por desarraigo. Aunque, teóricamente, la naturaleza de Nicanor sería doblemente chilanga -por linaje y por nacimiento-, su familia dejó la ciudad de México cuando aquel aún bebía leche de fórmula, y estrenando el tercer bebé, una niña que tampoco traía torta bajo el brazo. Desde entonces vivieron en provincia, con visitas periódicas a los abuelos en la capital.

Si Nicanor no se asume como chilango, difícilmente podría asumirse tampoco como pachuqueño, o tapatío. Incluso, dice Nicanor, no es occidental, sino accidental, pues lo mismo daría si fuera siberiano, valaco o tutsi; más aún, eso de la occidentalidad es una tomada de pelo, si se piensa desde la pinchedad clasemediera periférica de su circunstancia.

Lo anterior es signo de una rebeldía irracional que lo caracterizó desde mocoso: por ejemplo, cuando se trepaba a la azotea de la casita de un piso en la colonia Constitución, en Pachuca, para lanzar el soldadito con paracaídas de plástico y verlo caer lento, ante los gritos consternados de Doña Lila Elvira Catalina González Garnica, su abuela, que desde el pequeño patio delantero rogaba ¡Jesús de mi alma! bájate mi niño que te vas a caer.

Además, Nicanor siempre fue el raro, el loco, el desmadrocito. (Aquí tomemos en cuenta que la palabra "siempre", tan vaga y tan constante y tan hermosa, es una de las mayores mentiras). Sólo después el loquero concluyó que se trataba de un caso típico de Trastorno por déficit de atención e hiperactividad, y aquí viene el oscuro período con prescripción de Ritalín. Siempre fue también Nicanor el que se comía las hojas de papel de los cuadernos, el que se escondía debajo de un automóvil por horas y horas escuchando a los adultos buscarlo, el que desquiciaba a las maestras con cualquier tarugada a mitad de la clase.

Tres señoras de la colonia lo corrieron de la doctrina, en tiempos de la devaluación y los nuevos pesos. Cuando nació la segunda hermanita -la quinta hija-, Nicanor la recibió a todo volumen con un disco de los Beatles.

Y si las excentricidades son definitorias, habría que mencionar su período de eskato-barato-cholo-frustrado, cuando, ya viviendo en Guadalajara, pantalón a media nalga, rayaba con plumón de agua algún teléfono en secundaria; o cuando predicaba entre los compañeros de la prepa en el seminario un ascetismo seudo monástico y seudo místico. Luego Nicanor dejó la religión y terminó el bachillerato en otro lado, pero nadie le creía cuando contestaba que no, no fumaba mota. Cigarros sí, Delicados y Faros. Aunque el papá dijera En esta casa no se fuma, con tono solemne y concluyente.

Sus mayores placeres eran la soledad, las largas caminatas, y el safari humano -consistente en apostarse sobre alguna banca de avenida Juárez y mirar detenidamente unas crías dando brincos por todos lados, trepando árboles mientras su padre gruñe; el beso olímpico de lenguas como serpientes, en la banqueta, contra la pared; la melena de un macho en busca de hembra.

Cursando Nicanor la universidad todos colaboraban en la conformación de otro problema de identidad: cada cual lo imaginaba estudiando una carrera distinta: filosofía, letras, psicología, alguna ingeniería, cine, historia… Quizás eso lo llevó a la ridiculez de vestirse de negro, pintarse las uñas y delinearse los ojos; o quizás la ridiculez era su verdadera naturaleza -siempre continuó escuchando música gótica-. ¡Cómo disolver la fascinación por lo contradictorio!

Lo cierto es que después optó por declarar que no era sino un simple palabrista, y que siempre lo había sido; labor para la cual no se requiere un título, sino sólo amar La Palabra, asumir el compromiso de escuchar a quien necesite o quiera ser escuchado y siempre palabrear.

Para no prolongar esta retahíla en tres patadas, que no pretende ser la Vida y obra de Nicanor el palabrista, sino una brevísima y frenética crónica de su devenir a través de las excentricidades crónicas, terminemos con dos pensamientos suyos:

"Respecto a la edad: espero jamás llegar a aquel momento en que uno se plantea la cuestión de escribir sus memorias, como si de un deber se tratara".

"Para el epitafio: a mí no me vengan con flores, yo quiero que me echen tierra".


*La pintura, cuyo título desconozco, es de Francisco Javier Tejeda Jaramillo. A continuación, dos artículos acerca del pintor:
7 comentarios

Entradas populares