Discutíamos la manera más adecuada de asesinar a alguien. ¿A quién?, no importa.
Teníamos nuestras diferencias, pero concordábamos, en general, que debe ser impune el homicida, si se quiere maximizar el deleite. Casi todos los autores que exploran el tema coinciden al respecto: el crimen perfecto jamás se descubre, sino que se evoca en lo secreto, a menos que seas un narcisista obsesionado con la fama, o tu autoestima esté tan maltratada como para querer llamar la atención mediante el crimen. “Tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro; cometer un crimen”, según Rodolfo Usigli, es una forma de dar cumplimiento a un objeto y un destino reservados para unos cuantos.
Y acaso se descubra el crimen, pero no el criminal, cuya memoria de ese instante en que tomó una vida ajena lo acompañará hasta la tumba en estremecimientos equivalentes al éxtasis de los místicos.
Para mí, podía hacerse uso de métodos sofisticados como invitar a la víctima a cenar a casa, luego apelar a la comicidad en un momento estratégico, de tal manera que al contar un chiste extremadamente hilarante, la otra persona se asfixie con el bocado en su garganta, y contemplar su agonía. Es probable que ni siquiera la víctima sospecharía del plan de asesinato. Ni en eso concordábamos. Sus métodos eran más simples y burdos. Servían, dadas las condiciones, pero no me convencían. Carecían de refinamiento.
Yo habría querido que fuera diferente, elegante. Sin embargo, llegamos así al momento de echar suertes: tomé el instrumento, y el asesinato fue mío.
4 comentarios

Entradas populares