Jauría

Todo era espectáculo. Aunque una canción prestada, la gente seguía eufórica con She’s automatic. Terminó el concierto y comenzaba la cacería. Detrás del escenario, los Jauría hicieron la danza ritual que sucedía siempre a la última canción. Era un disfraz perfecto, nadie podría distinguir entre máscara y persona. Identidades incógnitas. Parte de la mercadotecnia, nadie conocía sus rostros verdaderos. Salían en la tele enfundados en sus pieles ostentosas de depredadores. Como salidos de una película de David Lynch. Todo era espectáculo. Cogían con las grupies sin quitarse las bestiales cabezas. Sexo masivo. Los niños de secundaria querían ser como ellos. Esa noche, después del concierto, en el cubil la sangre tibia de las presas tiñó los torsos morenos de los Jauría. Gemían de placer. Alguien colgó el video en la red. Fue un escándalo. La procuraduría inició una investigación para descartar que alguna muchacha hubiese muerto. Para cuando el juez que los arraigó ordenó desenmascarar a los misteriosos músicos, ellos ya no estaban. Los discos se vendieron por toneladas. Las muchachas aparecieron. Todo era espectáculo.
*La imagen aparece en Las historias, página de Alberto Chimal, quien organiza un concurso mensual para el cual palabreé la anterior Jauría.
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