Matar al león

Se dice que uno de los doce trabajos impuestos a Heracles (o Hércules) fue matar al León de Nemea y quitarle la piel. En el cuento que sigue, sin necesidad de flechas o cachiporra, un tal Subcomandante Marcos del EZLN refiere otra historia,
La historia del león y el espejo
Cuenta el Viejo Antonio que cuando era joven su padre don Antonio le enseñó a matar al león sin arma de fuego. Cuenta el viejo Antonio que cuando era joven y su padre era el Viejo Antonio le contó la historia que ahora me dicta al oído para que la mar la conozca de mis labios. El Viejo Antonio me la cuenta así nomás, pero yo llamo a esta
La historia del león y el espejo
“El león primero descuartiza a su víctima, después bebe la sangre comiendo el corazón y deja los restos para los zopilotes. Nada hay que pueda contra la fuerza del león. No hay animal que se le enfrente ni hombre que no le huya. Al león sólo lo puede derrotar una fuerza igualmente brutal, sanguinaria y poderosa”.
“El entonces Viejo Antonio del entonces joven Antonio, forjó su cigarrillo con doblador y, fingiendo que ponía atención a los troncos que convergían en la luminosa estrella de fuego de la fogata, miró de reojo al joven Antonio. No esperó mucho porque el joven Antonio preguntó:
-¿Y cuál es esta fuerza tan grande para derrotar al león? El Viejo Antonio entonces le tendió al joven Antonio de entonces un espejo.
-¿Yo? -preguntó el entonces joven Antonio mirándose en el redondo espejo.
El Viejo Antonio de entonces se sonrió de buena gana (eso dice el joven Antonio de entonces) y le quitó el espejo.
-No, tú no -le respondió-. Al mostrarte este espejo quise decir que la fuerza que podía derrotar al león era la misma del león. Sólo el propio león podía derrotar al león.
-¡Ah! -dice el entonces joven Antonio que dijo por decir algo.
El entonces Viejo Antonio entendió que el entonces joven Antonio no había entendido nada y siguió contando la historia.
“Cuando entendimos que sólo el león podía derrotar al león empezamos a pensar en cómo hacer para que el león se enfrentara consigo mismo. Los viejos más viejos de la comunidad dijeron que había que conocer al león y nombraron un joven para que lo conociera”.
-¿Tú? -interrumpe el entonces joven Antonio. El entonces Viejo Antonio asiente con su silencio y, después de reacomodar los troncos de la hoguera, continúa:
-Subieron al joven a lo alto de una ceiba y al pie de ésta dejaron una ternera amarrada. Se fueron. El joven debía observar lo que el león hacía con la ternera, esperar a que se fuera y regresar a la comunidad a contar lo visto.
“Así se hizo, el león llegó y mató y descuartizó a la ternera, después se bebió su sangre comiendo el corazón y se fue cuando ya los zopilotes rondaban esperando su turno.
“El joven fue a la comunidad y contó lo que vio, los viejos más viejos pensaron un rato y dijeron: ‘Que la muerte que da el matador sea su muerte’, y le entregaron al joven un espejo, unos clavos para herraje y una ternera.
“Mañana es la noche de la justicia, dijeron los viejos y se regresaron a sus pensamientos.
“El joven no entendió. Se fue a su champa y allí estuvo un buen rato mirando el fuego. Allí estaba y llegó su padre de él y le preguntó qué le pasaba; el joven le contó todo. Su padre del joven quedó en silencio junto a él y, después de un rato, habló. El joven sonreía mientras escuchaba a su padre.
“Al otro día, cuando la tarde ya se doraba y el gris de la noche se dejaba caer sobre las copas de los árboles, el joven salió de la comunidad y se fue al pie de la ceiba llevando la ternera. Cuando llegó al pie del árbol madre, mató a la ternera y le sacó el corazón. Después rompió el espejo en muchos pedacitos y los pegó en el corazón con la misma sangre, después abrió el corazón y le metió los clavos del herraje. Devolvió el corazón al pecho de la ternera y con estacas hizo una armazón para mantenerla en pie, como si estuviera viva. Subió el joven a lo alto de la ceiba y allí esperó. Arriba, mientras la noche se dejaba caer de los árboles al suelo, recordó las palabras de su padre: ‘La misma muerte con la que el matador lo morirá’.
“Ya la noche era toda en el tiempo de abajo cuando llegó el león. Se le acercó el animal y, de un salto, atacó a la ternera y la descuartizó. Cuando lamió el corazón, el león desconfió de que la sangre estuviera seca, pero los espejos rotos le lastimaron la lengua al león y la hicieron sangrar. Así que el león pensó que la sangre de su boca era la del corazón de la ternera y, excitado, mordió el corazón entero. Los clavos del herraje lo hicieron sangrar más, pero el león siguió pensando que la sangre que tenía en la boca era la de la ternera. Masticando y masticando, el león más y más se hería a sí mismo y más sangraba y más y más masticaba.
“Así estuvo el león hasta que murió desangrado. El joven regresó con las garras del león como collar y lo mostró a los viejos más viejos de su comunidad.
“Ellos se sonrieron y le dijeron: ‘No son las garras las que debes guardar como trofeo de la victoria, sino el espejo’.”
Así cuenta el viejo Antonio que se mata el león. Pero, además del espejito, el Viejo Antonio siempre carga su vieja escopeta de chispa.
“Es por si el león no conoce la historia”, me dice sonriendo y guiñando un ojo. Del lado de acá, la mar agrega: “Por si el león o el Orive”.
3 comentarios

Entradas populares