Solo dan ganas de detener a la primera muchacha que se cruce en el camino y decirle “hola hermosa, qué hora es, por favor”, no ya para emprender una conquista, mucho menos porque a uno le interese saber la hora, sino solo para probarse a sí mismo que sigue siendo hombre. No hace falta decirlo con lascivia, ni siquiera hace falta que la muchacha en cuestión sea preciosa -basta con que no se trate de un adefesio-, lo importante es usar un cierto tono insinuante y a la vez cortés, que no deje lugar a dudas, que exprese la capacidad de apreciar un cuerpo femenino, sin necesidad de ser vulgar o grosero.

Si nos atenemos a lo anterior no habría justificación para recibir una cachetada, porque no se ha transgredido ningún límite del respeto a la núbil doncella. No habría por qué ser llamado viejo rabo verde, aunque uno sea mayor de cincuenta, y sí, quizás lujurioso. En realidad no importa mucho la reacción de la interfecta, aunque siempre producirá algún placer obtener una sonrisa coqueta. Pero uno ya no está para esos trotes. Sobrevienen los achaques, el insomnio, la boca reseca, a veces la impotencia. Es mejor con una mujer madura, ya caladita. Las jovencitas están a gusto para los juegos, pero no más. En todo caso uno sale a la calle, pasada la medianoche, y toma un taxi acompañado de una mujerzuela que seguro no tiene el complejo de Electra, ni va a empezar a joder con que es recatada y honesta, y si te la coges tres veces no vendrá con la cantaleta de hay que vivir juntos, hay que casarnos.

En realidad sale mucho más barato pagarse una puta de vez en cuando que estar manteniendo a una pendeja caprichuda que, si ya cogió conmigo, ¿por qué no con el vecino, que no tiene la edad de su padre? No, yo no estoy para esa clase de chingaderas. Qué amor ni qué mis pelotas bien resplandecientes.

En cambio, enredarse con una divorciada ya entradita en años, correteada pero no podrida, que haya tenido uno o dos hijos, se disfruta más. Tienen su carácter, eso sí, y qué maravilloso que lo tengan. No hay que estarles enseñando a pensar por sí mismas, son más reacias a pedir que las mantengas, porque han aprendido gracias a los moretones cómo ejercer su libertad, y que esa libertad no tiene precio. Lo que más me gustó de la Romina fue eso, cómo me mandó a la chingada cuando creyó que ya estábamos dejando de lado una saludable distancia entre ambos, una frontera, digamos, para evitar intimidades de más. Eso es tener las bragas bien puestas. Pinche Romina. Pero prefiero mil veces una prostituta: no hay que fingir que se trate de algo más que un negocio. Plática, sí, llega a haber de eso, pero no es de a güevo.

“Yo tenía un padrote que había sido marinero” decía la pinche cómo se llamaba la cabrona, creo que Alicia o Felicia. “Nunca hablaba; si me quería ir nomás a puño limpio, sas, sas, me madreaba. Siempre me tentía bien cuidadita, también si alguien se quería pasar de lanza conmigo. Teníamos un cuarto con fotos del mar: Acapulco, Los Cabos, Tecolutla. Cuando le llevaba mucho dinero compraba unas botellas de tequila y nos pasábamos días chupándonoslas”. La Alicia o Felicia decía que conmigo se acordaba de él porque era tímido para clavar y prefería las mamadas. Pinche Felicia. Aunque más bien creo que el güey había sido boxeador y por eso quedó como dañado. Chingada. ¿Era marinero o boxeador? Y a la Alicia ya no la he visto. A lo mejor no me acuerdo ni de su nombre, pero sí de sus ojos. Estaba flaca y prieta, chaparra, pero esos ojos dorados no los vuelves a ver nunca.
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