Paráfrasis de un texto de Heidegger



Todo es nuevo, siempre. No puedo imaginar acostumbrarme a la calle que, bajo mis botas mataperros, se desliza con sus piedras rugosas y sus latas de refresco regadas por todos lados, cuando me lleva hacia la parada del camión para ir a la escuela.

En el dolor todo adquiere un nuevo color y un nuevo matiz a cada momento, como si el hecho de respirar no acabara nunca de doblegar los árboles de azahar sobre la acera. La alegría es euforia, y la tristeza, desolación.

Se interrumpe con las calles, la acera. Su existencia fragmentada se inquieta a cada momento por los transeúntes y no tiene reposo, ni siquiera cuando la lluvia acaricia su lomo de concreto. El pavimento conduce mis pies a cruzar los parques de césped escaso y árboles de sombra ancha, donde faroles blancos adornan la travesía. Nada reposa, todo arde inflado por un aliento incendiario: las hormigas se afanan interminablemente en marcar su ruta entre la hierba verde, las aves bajan volando y suben a los nidos llevando en el pecho un gorjeo espectral, los perros otean todos los botes de basura en busca el festín que antecede al paso del camión recolector, y todo arde.

La estrecha calle desemboca en esa amplia avenida sembrada de mujeres que esperan el camión y alguna arroja la bachcicha del cigarro después de darle la última pitada. Vehículos incontables queman el aire y el humo lo envuelve todo. En las tienditas de abarrotes las madres preocupadas se apuran a comprarle a los pequeños un jugo y un lonche para el recreo en la primaria y, furtivamente, introducen la mercancía por entre las rejas blancas. Los vieneviene hacen su agosto lavando carros junto a la comisión de electricidad, y los muchachos que se hicieron la pinta, bajo el pino cuyas raíces revientan la banqueta, se dicen cosas de boca a boca. En el puesto de revistas, las grandes fotografías de las modelos con poca ropa roban miradas, roban pensamientos, roban el aliento.

La calle sigue, pavimento a tramos, empedrado en otros, baches por todos lados. Y los trabajos interminables de obras públicas, escarbando para encontrar que todo sigue tan jodido como lo dejaron la última vez que bajaron. Pero no hay que confundirse, a pesar de que sigue así, es de asombrarse el asombro con que declaran que hay fisuras en el alcantarillado.

Las casas de la gente dan su cara festiva o su cara mortuoria a la calle, se maquillan las pestañas o se ponen rubor en las mejillas desde temprano. La ropa lavada sube a los tendederos de las azoteas a mirar las nubes, y hace reír a la calle cuando el viento juega a meterse en los pantalones y en los vestidos de las señoras. El panteón es un jardín lleno de flores, con abono de primera calidad, y la avenida lo saluda con deleite contemplando sus pastos recortaditos que arden todo el día y toda la noche, razón para que los jardineros/bomberos instalen aspersores por todos lados, en un intento de apaciguar su ardor inquebrantable. Los semáforos del crucero se divierten jugando bromas a los automovilistas, y sueltan la carcajada verde amarilla roja cada vez que chocan.

Es la hoguera. No hay silencio, todo grita, todo canta, todo ríe y llora, pero no todos escuchan.
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