Bellas




Pafnuncio decidió esta vez no tomar el autobús de regreso. Había salido temprano, y aprovecharía para dar un paseo a pie. Va creciendo la lonja, se dijo con sorna al soltar una porción de panza que apretaba con la mano, y entornó los ojos. Las calles, recién remozadas por el Ayuntamiento, lucían bellas.

A paso lento, admiró las fachadas de las tiendas, decoradas como si fueran de pueblo. Unos niños corrían tras un perro cojo, y casi tiran a Pafnuncio en la persecución. Pa’ la otra no la libro, dijo al globero que admiró la maniobra de evasión. Las muchachas de minifalda, recién salidas de la prepa turno matutino, lucían bellas.

En los puestos de comida del mercado siguió de largo, había decidido comer en casa. Al llegar a la calle del panteón, dio vuelta. Nunca he entrado a un cementerio, confesó Pafnuncio como si nunca antes lo hubiera pensado, y se acercó a la puerta. Las estatuas de ángeles, con cara de solemnes, a la entrada, lucían bellas.

Recorrió las callejuelas de tezontle, leyendo los nombres y sus epitafios, como si conociera a los difuntos cuyos restos. Quisiera ir a algún funeral alguna vez, e imaginó un sastre tomándole medidas para el traje de luto. Las lápidas, coronadas por cruces de fierro, y las capillas con criptas, lucían bellas.

El olor a tierra húmeda remitía a un anhelo de lluvia. Una procesión avanzaba, de negro, hacia el otro lado del panteón, cargando un ataúd con bandera de los Toros del Necaxa. Voy a llevarle margaritas a Celedonia, y tomó un ramo fresco de la tumba de Rodrigo Arnulfo Núñez González 1972-1987. Las flores, en el vaivén de su mano, lucían bellas.

El sol rascaba la nuca, medio calva, de Pafnuncio. Cuando una gota de sudor bajaba por entre sus cejas, abrió la puerta. Ya llegué y te traje flores, gritó, y se fue a la cocina a buscarles un jarrón con agua, que colocó en la mesa de centro de la sala. Las cortinas, mecidas por el vientecillo de las ventanas abiertas, lucían bellas.

Al no obtener respuesta a sus llamados, entró a la habitación. Tendida boca abajo, sobre la cama, estaba Celedonia, la novia de Pafnuncio. Cómo me gustan tus nalgas, exclamó aproximando la pelvis y acariciando aquel cuerpo. Las piernas abiertas de Celedonia, colgando al filo del colchón, lucían bellas.

Como ella estaba frígida, como no respondía, él le dio la vuelta y descubrió que no respiraba. El afilador de cuchillos se acercaba, afuera, tocando su flauta. Aun muerta me excitas, se quitó la ropa, luego a ella, y la poseyó. Las mejillas de la mujer, pálidas como harina, lucían bellas.
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