La fauna y los pasillos del Cucei



El lunes desde muy temprano se va amontonando la hilera de hormigas que vienen, una a una, por sus boletitos de subsidio al transporte para estudiantes, sus Transvales, al punto de venta que está por la entrada sur del Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías, abreviado CUCEI y apodado Cucebrio por la fauna del lugar.

Desde ese marabunta, por el lado del Bule -Bulevar Marcelino García Barragán-, no hacen falta binoculares para distinguir un prado de césped fresco, el “Revolcadero”, donde yacen batas blancas y bajo ellas, un topógrafo y una industrial, o una bioingeniera y un mecatrónico, como conejos, y no es necesario imaginar que todo puede suceder. Es primavera en Guadalajara. Tampoco hace falta el césped para aquello de los conejos, porque el salón F8 es el único que cierra por dentro, tiene aire acondicionado, y ¡qué no habrá acontecido allí!

Sin embargo, no sólo para eso sirven las batas blancas: la profesora Gallina advierte a sus pollitos de primeros semestres: “Yo tuve una alumna brillante, y estaba a punto de terminar la escuela, investigaba unas bacterias; exhausta de tanto estudiar una vez olvidó usar sus guantes y su bata, y tres días antes de presentar la tesis se me murió”.

Al Efrén, en el laboratorio de ingenieros químicos, no le preocupan las batas, le preocupa hacer el oso, pues ya va por la cuarta tesis. “Ésta es la buena”, suspira, pero también considera la otra opción, presentar el examen Ceneval para titularse.

En el CID (Centro Integral de Documentación), algunos ratones de biblioteca se preparan para el temido Ceneval. Se rumora que el último fue un tronadero. Quizá los más sabios sean como los búhos: nocturnos, porque en los acojinados silloncitos rojos de la biblioteca duerme la mitad de sus ocupantes durante el día. Algunos, los viejos lobos, cobran a los lobatos por asesorías, y en las salas de estudio usan los blancos pizarrones para garabatear fórmulas.

Cerca de mediodía, al norte del complejo universitario, se derrumba una rechifla desde los barandales: es territorio de buitres, y los matemáticos han divisado una larga cabellera azabache unida al contoneo de una minifalda de mezclilla. Ése es el momento en que la muchacha habría de salir volando, ruborizada, hasta ocultarse entre el ramaje; pero en cambio, quien se da la vuelta es un camaleón, no una muchacha, y con un saludo lleno de halago espanta a todos los buitres.

En el edificio de los físicos no hay peligro de algo así: aislado del resto, pese a tener unos jardines hermosos, no se encuentran especímenes rondando, y en medio de los pasillos se amontonan aparatos vetustos: una copiadora, un monitor, un dispensador de agua; como si se tratara de un castigo o una vergüenza andar por allá. Llevado por la escasez, un físico con cara de topo se desplaza hasta el área de químicos para acosar a una linda qufa herbívora que no halla cómo hacerlo entender su desdén -qufa significa química fármaco bióloga-.

A unos pasos de ahí, en la intersección de los pasillos principales, están los murales despintados que nadie mira, punto natural de reunión y de intercambio: sentado en una banca, un ingeniero mecánico tiene a sus pies, abierta, una caja de herramientas llena de dulces y cigarros para ofrecerlos a la venta.

Alrededor de la una, el área de los murales se vuelve un hervidero debido al cambio de clase: pasan unos changos dando brincos y grandes aspavientos, unas víboras cuchichean y se deslizan hacia los salones, hay quienes lagartijean tumbados al sol, unos que zorrean carne trémula y otros que simplemente cotorrean.

Por el pasillo Oriente, al fondo, están las Mazmorras o Laboratorio de Reología. Allí, alguien en soledad mira con melancolía hacia las bancas de las ciberterrazas, que parecen paraguas al revés: en ellas se descansa y se platica.
El patio de las ciberterrazas, bajo el sol vertical de esa hora, también provee sombra a quienes resuelven problemas, a mano o con vistosas calculadoras. Si escudriñas un rato, descubrirás que pocos usan computadora. En un salón cercano, los más burros copian la tarea porque el profesor de cálculo es un perro.

Mientras tanto, en El Globo ya es hora de comer, y acuden a sus mesas gorilas, gatitas, cerdos y ballenas, aunque aquí es más caro que la otra zona de alimentos. En la esquina hay una rockola con éxitos populacheros, las viejitas y las del momento, pero nadie la usa.

Si tienes clase libre puedes ir a las canchitas de fútbol rápido y armar una cascarita o ver el partidazo entre La Naranja Civil y Los Mala Suerte, o sólo hacerte pato. Si tienes sed puedes salir a echarte unas chelas y ponerte medio buey. Si sólo venías de safari, puedes volver cuando quieras.


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