Lloro porque puedo, porque quiero.

Lloro por mi hermano, él ya no puede.

Me brotan las lágrimas desde los anteojos,

Suena el eco de sus palabras en mi cabeza:

Quiero gritar lo terrible de existir.

Él está en mi garganta y se hace nudo.

Hay una voz que me dice No lo hagas.

¿De dónde me viene esa sentencia?

Tengo toda la nariz inundada de tristeza.

Él reía, con una risa de aguacero,

Cantaba como urraca y era gran embustero,

Disfrutábamos el tabaco y las historias interminables.

Tenía unos ronquidos de ballena,

Y un cuerpo de ballena,

Y una sinceridad de ballena.

Hablo de él como si fuera un invento.

Exhalaré mis recuerdos.

Voy a morirme un rato, a ver si me convence,

Suena bonito eso de no estar ya más.

Lloro porque se me da la rechingada gana.

Muy bonito, llorar, dejar de estar.

Qué felicidad ni qué madres.

Lloro para mi hermano, porque yo también soy mi hermano.

Se me va cayendo el cuerpo, pedacito por pedacito,

Como un llanto lento y prolongado:

El otro día me hallé un cabello en el arroz

Y un trozo de oreja en el café.

Yo también, Teresa, me muero porque no muero,

Sólo que a mí me confiscaron la esperanza.

Llovía. Cada gota paría a otra.

No aguanto esta cabeza pegada al cuello,

Favor de extirparla.

Él duerme ya, yo quisiera.

Un elefante devoró mis sueños.
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