La mujer de La Gigantera


La señora que subí por la Romita me empezó a contar no sé qué cosas de sus problemas con el esposo, pero ni le puse atención porque en cuanto me dijo que si la llevaba a Santa Anita, pensé en la mujer de La Gigantera.

Me habían contado muchas cosas de esa mujer que lo para a uno ahí por la carretera a San Sebastián, por donde está La Gigantera, pero ya tenía rato que no pasaba por ahí y eran ya como las once de la noche cuando agarramos rumbo a Santa Anita. Empecé a echar cálculos y se me hizo que, si me apuraba, a lo mejor alcanzaría a pasar por el lugar donde se aparece a las once y media, que es cuando sale, según dicen los compañeros.

Todo era de oídas, nadie de los que me habían contado de ella la vio, pero decían que a un compañero le había hecho la parada ahí donde está lo más oscuro, llevaba prendidas las altas y llovía, la mujer iba con un vestido blanco a media pierna y estaba bien linda y bien buena, según eso.

Que a los que se les aparece les va bien porque es un espíritu benéfico, dicen. Uno del sitio 25 me dijo que a un taxista se le empezó a desnudar en el carro y casi choca por irla viendo, dio el volantazo cuando pasó un bache y luego volteó a mirarla otra vez, pero ya no estaba.

Que siempre se sube en el asiento de adelante y pide que la lleven al Panteón de la Nueva Santa María. Dicen que a lo mejor tenía un esposo chofer porque sólo la ven los taxistas y les da buena suerte.

Le cobré 200 pesos a la señora que iba para Santa Anita y me regresé por la carretera, en chinga, a ver si me topaba a la mujer de blanco. Me hicieron la parada dos güeyes, pero ahí ni de pendejo los levanto a esas horas, y menos si van de a dos.

Pasé La Gigantera, y nada. Llegué a Santa María Tequepexpan y me di la vuelta de regreso, quién sabe si de casualidad me la fuera a encontrar así. Iba bien despacito, bien trucha con las sombras que se espectraban junto a la carretera, pero nada.

Dos kilómetros más para allá me encontré un carro que se había estrellado contra un poste del alambrado, me bajé para ver si estaban bien las personas pero no había nadie, sólo un billete de 50 pesos en el asiento del conductor. Ya mejor me regresé a mi casa porque tenía una dejada a la Central Nueva a las 5 de la mañana.

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