La Hoguera, jueves, con sol y sin muchas nubes





Señor director de la compañía de teléfonos de monedas,

Si no lo saludo atentamente es porque no quiero ser atento. Tiempo ilimitado por tres pesos, mis polainas. Vengo enojado porque platicaba dulcemente con Ariana cuando sas, se cortó la comunicación y ni mi dinero me devolvieron. No es que me pesen tanto tres pesos, por fortuna en mi casa todavía no falta la comida. Lo que me pesa es haber perdido su voz, la voz de Ariana, y no poder volver a llamarla para explicarle que usted y su compañía son una bola de incompetentes, que yo podía pasar horas colgado del teléfono escuchándola y disfrutando cada momento de ondas sonoras en mis oídos, sabiendo que ella estaba al otro lado de la línea posponiendo la labor de lavar los platos para estar conmigo, lejos pero conmigo, hablando de asuntos que enmascaraban lo de veras crucial, querer estar con ella.

Yo sé que usted, señor director, no se encarga de este tipo de quejas, pero debería. Me gustaría –y quiero ser muy enérgico en esto- que supiera cómo es una situación así, que la viviera, a ver si no le daban ganas de sacar la resortera para ir a tirarle piedras a la casa del director de la compañía, pero claro, usted es el director y no tiene el carácter para apedrear su propia casa.

Yo estaba contento, tenía mis razones para estar contento, ayer fue el último día de clases y hoy empiezan los exámenes lo cual significa que ya termina el semestre (ujuuuu). Tuve una entrevista de trabajo y si no me contratan ahí tengo varias posibilidades en otros puestos, y eso me hace sentir alegría. Ariana contestó el teléfono y me brincó la respiración tantito cuando la escuché, es la primera vez que le hablo al teléfono de su casa, nunca se nos había ocurrido hablarnos al teléfono de nuestras casas, siempre nos hablábamos al móvil o por mésinller, y ya me aprendí su número de teléfono –es bastante fácil de recordar- y el Octopato está contento porque le gusta Ariana, le gusta estar con Ariana, le gusta oír su voz y sentirla cerca de sus brazos. Se pone a dar de brincos cada vez que la ve, el Octopato. Y ella también contenta, muy contenta, tanto que me ha dicho Nicanor quiero adoptar al Octopato, y en cierta forma me entristece porque él es simpático después de todo, pero sé que ella lo va a tratar bien, eso me alegra, y además sería el pretexto perfecto para ir a visitarla y estar con ella. Por eso me enojé, señor director, te arrancan con un silencio todos tus proyectos y la risa se corta, y no queda sino enojarse y cruzar la calle esperando que destituyan al director de la compañía de teléfonos de monedas y pongan en su lugar a alguien más responsable. Lo entendería si fuera usted un cronopio, pero los cronopios no ocupan puestos directivos de las compañías de teléfonos de monedas porque están demasiado ocupados preguntándose si la mariposa que ayer se posó sobre el diente de león del jardín volverá hoy a posarse y cumplir un ciclo casi mágico diríase, casi místico. Además si fuera usted cronopio los precios serían otros, quizás regalaría llamadas gratis por sorteo a las personas que llegaran al teléfono de monedas y ellos se irían de lo más contentos porque no se cortaría su conversación a la mitad de lo más dulce.

No sé si voy a odiar más a usted y a su compañía de teléfonos de monedas, señor director, odiarlos más que al altavoz del señor que pasa por la colonia vendiendo pan todas las noches, o más que a los del gas y su canción tortuosa. Si pudiera odiar, de verdad lo odiaría señor director, a usted y a su compañía, y al del pan y al del gas, pero no he aprendido a odiar por más que lo intento. Tengo esa severa carencia de odio, y no sé cómo quitármela. Ya hasta se me pasó el enojo, la vista de los jardines de la escuela desde aquí donde estoy sentado es hermosa –siempre me cautiva- y ha contribuido a desenojarme, tuvo suerte esta vez señor director, pero no cuente con ella para la próxima, porque me consigo una resortera y sas. Así que ya lo sabe. Qué le cuesta mandar gente a revisar sus teléfonos del mal. No sea ojete, señor director, y póngalos a trabajar.

Saludos desde la hoguera
Nicanor Arenas Bermejo
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