Revolución

Revolución

2006, octubre

Sucedió que los cuchillos se sublevaron. No se trataba de una rebelión violenta, como podría pensarse en principio, dada la ferocidad de su figura intempestiva. Se trataba más bien de una resistencia pacífica. Por mucho tiempo habían soportado la primacía de los tenedores -a quienes miraban con recelo y sólo durante unos instantes al momento de cortar la carne- y de las cucharas, que siempre mantenían una distancia saludable respecto a ellos.

El desprecio de que eran objeto había forjado en ellos una conciencia de su cuchillez, muchas veces acusada de las peores atrocidades: ¿quién ha oído nunca que se haya “acucharado” a alguien? Y si alguien resulta herido con un tenedor siempre se dice que ha sido un accidente. En cambio se presupone que los cuchillos esconden una alevosía malévola, contorsionada, desplegada salvajemente desde su filo. Hasta los cuchillos de palo, los más dóciles, pacíficos e inocentes de entre todos los cuchillos, tienen la mala fama de ser un tormento insufrible.

Contrario a la idea comúnmente difundida por los sociólogos e historiadores, esta revolución carecía de un líder concreto, debido en parte a las fracciones tan dispares del movimiento. Uno de los primeros problemas que enfrentó esta sublevación, fue la apatía de los cuchillos para mantequilla, que se sentían más afines a la cucharez por su tendencia a untar y no a cortar.

Ya se tenía el inquietante antecedente de la rebelión de los machetes, que sin embargo no llegó a más debido a la falta de organización y de uniformidad en la lucha, error que los cuchillos sabían valorar y que no cometerían. Para empezar, su huelga de aceros caídos corrió de boca en boca hasta que el rumor se tornó en protesta concreta. A pesar de las discrepancias al interior había que permanecer unidos. Una sola causa. Una.

La primera reacción fue el escepticismo. Después vino el aislamiento. Pero los cuchillos no se doblegaron. Voluntad de acero. Entonces se empezaron a sentir los efectos de la resistencia. Cucharas deformes, en el intento de usar su orilla para cortar la carne. Formas inexactas de los vegetales partidos. Manteles salpicados de comida. Picahielos, desarmadores acusados de subversión y conspiración. Presos políticos. En realidad el mismo cuento de siempre. Para qué acabarlo con el triste final ya previsto por cualquiera. Mejor digamos que fueron héroes, y levantemos un monumento. Eso debería desviar, por un momento, la atención, y aplacar posibles inconformidades. Dicen que es mejor no escarbarle.

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