La visitación

Quizás no era un día tan frío. El profesor estaba, quizás, intrigado por un coloso de la infraestructura en los márgenes de la ciudad, junto a la bahía. La intriga se debía, sin que sea posible asegurarlo, a la valla metálica para impedir el paso, la sugerencia de lo prohibido, la invitación a transgredir barreras. Fue esa intriga que lo llevaría a reunir algunos de sus alumnos para invitarlos a participar en su transgresión. La estratagema podría calificarse como simple: ofrecerían al guardia una botella de vodka para permitirles entrar.


La estratagema podría calificarse como un éxito: seguramente el guardia mirara la botella y no lo pensaría dos veces, les habría abierto la puerta y les habría dado batas de colores, por seguridad. No dudemos que el grupo se haya paseado por la planta como quien visita un museo. Quién sabe si se imaginarían picando botones por todos lados mientras fueran recorriendo pasillos llenos de ecos y de sombras. A lo mejor, una hora más tarde, el profesor y sus alumnos volverían por donde habían llegado, para encontrar en el suelo al vigilante más borracho que recordaran haber visto hasta entonces, y a su lado una botella vacía. Con certeza lo arroparían un poco: aunque el día quizás no hubiera sido tan frío, la noche probablemente lo sería. Esconderían la botella, para que algún supervisor no fuera a descubrir la borrachera del vigía. De ahí sólo restaría caminar un poco hasta el auto para regresar a San Petersburgo. Más bien, Leningrado. Quién imaginaría que estuvieran en la etapa final del régimen soviético.
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