Los musgos de la cisterna


Viborola, la falsa coralillo, serpenteó, como serpiente que es, desde su zozobra hasta esas suciedades escondidas tras los escombros, y despacio descendió después a la cisterna, sin consternarse, pues es soso ese proceso de descenso, dice, y más si estás espeso y pasmoso, piensa. Sesenta y seis segundos necesitó, deslizó suaves sus sargazos moliciosos, estacionó sus escamas sobre musgos rugosos. Así, sosegada, deseosa de siesta, se sobresaltó.

Voces sesgadas.

-Agua pinche. Pinche que te quiero pinche.

Viborola, quien deseosa de siesta descendió desde su zozobra hasta los musgos de la cisterna, suspiró.

-¡Sandeces! ¡Silencio! ¡Deseo siesta! -asestó.

-Agua pinche. ¡Pinche que te quiero pinche! -se escuchó: los susurros, vibraciones de ecos y ecos.

Viborola se exasperó.

-Eres, voz, espantosa. ¡Sorpresa maliciosa! De astucias irrisorias haces uso.

Mismo responso siempre.

-Sin sustento eso dices. Si las angustias mías supieras... mis ansias de descanso. Persecuciones y persecuciones. Sacas la cabeza y ¡sas! Sin solaz, sin esperanza. ¿Sabes eso?

A oscuras, en el pozo, la voz secuestró su reposo, y siguió, y siguió.
3 comentarios

Entradas populares