Anécdota





Nuestro personaje de hoy se llama Juan Pablo, un muchacho buenmozo, alto y de cabello rizado, quien acaba de comprar unas botas nuevas y está entusiasmado porque son botas mataperros y lo hacen ver rudo y malo, y lo hacen también pensar que podría abollar un automóvil con una simple patada lo cual, esto último, le divierte bastante haciéndolo soltar una carcajada indescriptible a medio desayuno. Y su mamá se le queda viendo con ojos interrogantes, con la mirada lo interroga, con ojos interrogantes lo ve. Pero no le dice nada, sólo la mirada.

Luego le pide que la acompañe al tianguis para comprar fruta y verdura. Nuestro querido personaje entonces le dice púdrete, pero ella sabe que significa todo lo contrario, es decir, con mucho gusto mamita linda, te acompaño y yo manejo y cargo las bolsas del mandado. Así, temprano para evitar el gentío, instalan el carrito de compras, destartalado, en los asientos de atrás del Tsuru y ellos adelante mientras escuchan en la radio una melodía quizá de Chopin que transmiten por Bella Música, nombre estúpido para una estación radiofónica si se me permite hacer un comentario al margen de la anécdota. Pues bien, Juan Pablo enciende el automóvil y lo desestaciona, y ambos (nuestro apreciado personaje y su madre) emprenden una charla acerca de cualquier cosa, aunque lo más probable es que platiquen de las últimas jaladas de algún miembro de la familia.

Juan Pablo, nuestro estimado personaje, conduce el auto de lo más tranquilo, como si encontrara en ello un secreto placer o tal vez como si eso lo liberara de ciertas tensiones insospechadas, y así avanzan por la Avenida junto a los camiones y los autos, la gente que va de prisa, pero ellos con toda la calma. De forma repentina un semáforo cambia, deja de emitir su luz color verde gelatina y transita hacia un color que podríamos describir como amarillo gelatina, sin temor a equivocarnos. El problema central de la presente anécdota está aquí, en la interpretación que los automovilistas le dan a ese color proyectado por el semáforo, que parece ser "pisa el acelerador, a fondo", cuando en la mente de nuestro amado aunque ingenuo personaje significa "frena porque ya viene el rojo". Incluso no tan ingenuo, porque ha mirado por el espejo retrovisor para cerciorarse que nadie amenaza ante la posibilidad de frenar.

Y cuando está ya detenido del todo, iiiigh el derrapón de la camioneta que se cambió de carril y no alcanzó a frenar, sas el empellón, pum el golpe en la cabeza. Luego las negociaciones porque ninguno de los carros traía seguro, te lo dije mamá debiste comprar un seguro. Entonces nuestro héroe se dice pendejo a sí mismo, porque en la larga espera podría haberse puesto a leer esas historias maravillosas del Hombre Ilustrado, mas dejó el libro en casa y de pronto ya no se siente tan heróico. Sin embargo espera que algo suceda, algo quizá no dramático ni majestuoso pero se conformaría con un pequeño vislumbramiento, y así sucede cuando la dueña de la camioneta les compra una gran cocacola de lata (casi quinientos mililitros) a nuestro héroe y a su madre. Ni siquiera prueba el pan que le ofrecen, para el susto dicen, porque está contento y dando de brincos, su rostro es una sonrisa, aunque no fueron al tianguis.

Todo esto, he de decir, me lo contó el Octopato. Hasta aquí las aventuras de nuestro héroe. Fin de la anécdota.
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