La sonrisa, equívoco desgarrador de lo provisorio (por Émil Cioran)



Hoy borro mi blog de live spaces, acabó el ciclo de blog fácil y ahora nos adentramos en el bloguer, a escudriñar sus intersticios. Me encontré allá una entrada muy vieja donde incluí una cita de Cioran, y todavía me encanta por desoladora, pero desde otro ángulo, así que dejo la cita por acá, algo así como un reinicio.
Cuando comprendemos que los hombres no pueden ofrecernos nada y que, sin embargo, continuamos frecuentándolos, es como si hubiéramos liquidado toda superstición y continuáramos creyendo en los fantasmas. Dios, para forzar a los solitarios a la cobardía, creó la sonrisa, anémica y aérea con las vírgenes, concreta e inmediata con las mujeres perdidas, tierna con los viejos e irresistible con los moribundos. Además, nada prueba más que los hombres son mortales, que la sonrisa, expresión de lo equívoco desgarrador de lo provisorio. Cada vez que sonreímos, ¿no es como un último reencuentro, no es la sonrisa el testamento perfumado del individuo? La luz vacilante del rostro y de los labios, la humedad solemne de los ojos, hacen de la vida un puerto donde los barcos se hacen mar adentro sin destino, transportando no hombres, sin separaciones. ¿Y qué es pues la vida, sino el lugar de las separaciones?
Cada vez que me dejo conmover por una sonrisa, me alejo con la carga de lo irreparable, porque nada descubre más terriblemente la ruina que espera al hombre, que este símbolo aparente de felicidad, que hace sentir a un corazón deshojado el estremecimiento de lo provisorio de la vida, más cruelmente que el estertor clásico del final. Cada vez que alguien me sonríe, descifro en su frente luminosa el llamado desgarrante: “¡Acércate, ve bien que yo también soy mortal!” o cuando mis ojos se ensombrecen, la voz de la sonrisa flota hasta las orejas ávidas de lo implacable: “¡Mírame, es por última vez!”
…¡Y es porque la sonrisa los separa de la última soledad y cualquiera que sea el interés por estos compadres en respiración y putrefacción, regresamos hacia ellos para absorber su secreto, para ahogarnos en él y para que no sepan, que no sepan hasta qué punto son tan efímeros los océanos que llevan y los naufragios a los que invita el tormento inconsciente e incurable de su sonrisa, a qué tentaciones de desaparición lo someten, al abrir su alma hacia usted, que levanta, tembloroso de dolor, la losa de la sonrisa!
Émil Cioran
Extraído de: Cioran, E. (1991). El crepúsculo del Pensamiento. (2003, trad. Broissin F., M. L., p. 39). México: Nueva Imagen.
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