Inauguración







A la pregunta del Wolframio: Nicanor ¿de qué va tu bló?, mi respuesta no podía ser más clara ni más inmediata: mi bló es acerca de la abolición.

Hay en ese diálogo algo de revelador para mí, pues me doy cuenta que hasta ahora, aunque la finalidad del bló en mi mente estaba definida, no la había desentrañado para escribirla y mucho menos para hacer un esquema de trabajo, cuya redacción me resulta ahora ineludible e imprescindible.

Qué más quisiera yo que ser un genio del aforismo, de la narrativa, del verso; que las palabras vinieran a mí como envolviéndome y llevándome a mi lugar, ése que no conozco pero que intuyo. Sin embargo soy un simple palabrista que va recogiendo las palabras que se encuentra tiradas en la calle en un esfuerzo constante por develar su misticismo y su vulgaridad, su perversidad e inocencia, llegar a La Palabra, llegar de veras a Ella en la desnudez total cuya consumación nos llevaría a Ser, sí, Ser, despojados de certidumbres y de nociones cómodas aprendidas, transmitidas de generación en generación, y que seguimos repitiendo más allá del cansancio lo mismo lo mismo lo mismo…

De ahí salió lo de la abolición. Mi propósito existencial es la abolición. ¿Abolición de qué?, me han preguntado, y he respondido abolición de todo, no por ingenuo o pretencioso, sino porque abolirlo todo es lo menos que puedo desear. Todo es nuevo, siempre. Yo sé que los escépticos griegos dijeron que no hay nada nuevo bajo el sol, y no puedo sino estar en completo desacuerdo cada vez que respiro y siento el pecho inundarse de un dolor casi inexplicable, un dolor que es deleite porque sí, placer y sufrimiento son exactamente lo mismo. Quiero sentirlo todo, con tal que sea intenso. Yo soy ahora, solamente ahora, soy esta ficción sin orillas, amarrada al polvo pero ubicua, inmensa finitud imponderable.

Por algún lugar hay que empezar, y yo empiezo por la lengua. Nos fue dada la palabra, nos fue dada la voz, la capacidad de hacer vibrar el mundo con la boca. Y sobre todo, hacer vibrar al otro. ¿Pero hasta dónde podemos cimbrar al otro? Las posibilidades son, digamos, ilimitadas, de ahí la perfección de la voz. Y a la vez ese vibrar es imperfecto, porque las posibilidades vibratorias implican que ni tú ni yo seremos tocados de la misma manera, aun cuando esa vibración sea la misma para ambos –lo cual es cuestionable. La montaña contemplada por ti será siempre distinta a la montaña que contemplo yo, aunque sea la misma montaña. Por tanto, quienes han proclamado su voz como medida de todas las cosas incurrieron en el horror de despojarla de la posibilidad de mirarse a sí misma. Una voz que se contempla a sí misma está más cerca de las otras voces, más cerca de La Palabra, más cerca de la desnudez total. Esa voz se estira a pesar de su aislamiento insalvable y por momentos llega a tocar la punta de otras voces, llega a replantearse en la conciencia de la polifonía. Se sabe vacía y eso le permite resonar hasta niveles extraordinarios.

Ahora bien, de la voz pasamos al símbolo. No importa que se trate de ideogramas o caracteres fonéticos, todos participan de esa necesidad del eco, todo lo escrito está impregnado de esa apetencia de inmortalidad, eternidad vedada a nosotros que para la palabra escrita es casi una promesa. Y sin embargo su eternidad es triste, la eternidad de la palabra escrita es una sucesión de fugacidades, sólo existe mientras alguien entra en contacto con aquello que podríamos llamar su cadáver de tinta o de bits y es entonces que renace y encuentra habitación en el lector para pasar después a lo incierto distorsionado del pantano de la memoria. Parecería que nunca llegaremos a entender un libro, a conocerlo cabalmente, y es probable porque gracias a La Palabra se mueve en todas direcciones, se desprende de su autor y comienza su viaje interminable (mientras haya quién lo lea) a través de todas las dimensiones, haciendo escala en nosotros. Es ésa la magia de La Palabra, su labor perpetua de redimensionarnos aunque estemos limitados por las percepciones y por un cuerpo que a veces nada tiene que ver con nosotros.

Y La Palabra vive a pesar de los intentos de domarla. Pretender que será siempre la misma es encadenarla, ponerle grilletes. Tengo que asesinar al diccionario, tarde o temblando. Ese dictador de la lengua. Las lenguas nacieron a partir de la promiscuidad, una lengua fecundó a otra, la penetró y esparció su semilla y ahora nos vienen con ideas puritanas, con aislacionismos radicales, culteranismos y toda clase de ismos para perpetuar la agonía de la lengua diciendo que no deberían mezclarse entre sí. Una lengua cerrada es una lengua muerta. Si bien, es casi imposible evitar su transformación, al imponerle candados se está contribuyendo a drenar su vitalidad intempestiva que nos llevaría a explorar todos los caminos hacia La Palabra. Y hablando de abolición, algo curioso: el diccionario de la Real Academia de la Lengua (no diré cuál lengua) excluye la conjugación en tiempo presente del verbo abolir, es decir, no es válido un "yo abuelo", un "yo abolo" o un "cuando yo abuela" que sería bastante divertido; el diccionario así nos obliga a conformarnos con la ficción del pasado, pensar que otros ya abolieron por lo cual no hay cabida para más aboliciones, o nos obliga a conformarnos con la ficción del futuro, pensando que alguien abolirá en el futuro, que ya llegarán mejores tiempos para dedicarse a la actividad de abolir.

Cómo cuesta desprenderse del Status Quo, renunciar a la rutina para aventurarse en la existencia.

Habiendo enunciado el propósito de este bló, declaro inaugurada la abolición.

Nada más
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