Lejanía







La no aceptación de la soledad…

Uno nunca se acostumbra a existir, mucho menos a estar solo, y entonces buscamos por todos los medios encontrar alguna compañía en medio del océano de distanciamiento que implica respirar: gregarios e hipócritas.

El amor es sólo la sublime pretensión de evadir una soledad ineludible, ese abismo individual que, pese a la cercanía física con el mundo, nos aleja por completo de todas las cosas y de todas las personas.

Queremos apoderarnos del mundo, ya sea por medio del conocimiento, ya por medio de las sensaciones o por medio del amor. Ser dueños de algo. Tener. Al parecer existimos para tener.
Pero ¿quién ha poseído algo?

Soy tuyo, te amo, te quiero con toda el alma, eres la razón de mi vida, decimos cuando en realidad esas palabras significan ¡quiero tenerte!, ¡quiero que estés conmigo!, hacerte parte de mí, aquí, ser uno sólo tú y yo, nosotros. Y el nosotros es una ficción tremendamente desoladora cuya existencia sólo se da en abstracto.

Lo intuimos, pero nos negamos a aceptar todo esto porque creemos que sí, que podemos en el amor redimir el vacío infinito de nuestra insignificancia, ser más. Y el otro, la pareja, se convierte en un instrumento para sentir que somos dueños de algo más allá de mí mismo. No únicamente en el amor de pareja, también en el cariño hacia los amigos o hacia la familia luchamos inútilmente contra esa resignación de sabernos abandonados, pero es en las relaciones de pareja donde más intensamente se comprende la incertidumbre de la lejanía absoluta. Por eso existe el matrimonio, que no es sino un contrato donde dos partes, hombre y mujer (aunque hay combinaciones distintas e interesantísimas como: hombre-hombre y mujer-mujer), se obligan a amarse y respetarse hasta el final de sus días; porque sabemos secretamente que el amor se acaba, que los vínculos afectivos son ficción, y por tanto la sociedad crea instrumentos para mantener artificialmente unidas a las personas y escamotear la soledad.

¿No rogamos morir antes que el ser amado? ¿Y no es eso una manifestación –tal vez egoísta, pero no estamos para calificaciones morales– de inseguridad ante la eventual disolución del afecto? ¿No expresa un deseo de evitar a toda costa la soledad? Y si ocurre que el otro te gana la tumba, seguro buscarás alguien más que compense esa pérdida, o guardarás su recuerdo idealizado para que te acompañe hasta el último instante.

El amor nos hace sentir poderosos. Creemos romper las barreras de la existencia, y algunas veces el control sobre la voluntad del otro se convierte en un deleite inigualable, y tratas de mantenerlo atado a ti aunque sufra, aunque tú sufras, porque no puedes permitirte dejarlo ir. Manipulamos. Complacemos. Mentimos. Lloramos. Chantajeamos. Todo con tal de que el otro sea tuyo, y de nadie más.

Pero ¿quién ha poseído alguien?
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