Astillas


A Alejandra, lluvia sobre lágrimas

2006, marzo




Haz de cuenta que cuando yo iba en la prepa, siempre concursaba en lo de construcciones con palillos. Tenías que hacer un puente que soportara tu propio peso. Ése era el primer reto. Para mí, ps era bien pinche fácil porque tengo el cuerpo de una pulga. Entonces le pedía al pinche Megamán, un tipotote como de cien kilos con el que nos juntábamos, que me ayudara a probarlo.
»Pero bueno, el caso es que en primer semestre y tercer semestre yo gané el regional de aquí, de Borde Negro. Si lo ganabas cuando ibas en quinto semestre, para cuando pasabas a sexto te mandaban al Nacional de Centros Tecnológicos, donde sólo iban los más chingones. Esa vez yo estaba con unos nervios…
»Porque era el momento definitivo, que desde hacía casi tres años anhelaba. No manches.
¿Y ganaste el regional?
–Pues sí, güey. La chingonería andando.
»Así que llegué al Nacional creyéndome ya en el eterno trono, me sentía en la gloria. Porque el último concurso regional había estado reñidísimo. Sucedió algo que nunca había pasado. Fíjate que los jueces tenían el registro del peso que había aguantado el ganador nacional del año anterior. Eran como trescientos kilos, y el güey prácticamente ni había tenido competencia. Pero en ese regional de cuando iba en quinto semestre todos se quedaron con la boca abierta cuando batí el récord nacional: “¡Trescientos un kilogramos con trescientos miligramos!”. Y los demás participantes que empiezan a desertar.
–¡No pinches mames, güey!
–Cállate, que eso no fue todo. Un pendejo del CET de allá de por la sierra le echó más peso al suyo y le aguantó trescientos dos kilos, al güey. Como ya era el último contrincante que me quedaba, los ánimos comenzaban a arder. Y así le fuimos subiendo de kilo en kilo hasta que todos estaban bien pinches eufóricos, gritando.
»Estuvo bien raro, porque los foráneos se juntaron todos del lado del otro puente, y los de la ciudad se juntaron de mi lado. Bueno, no todos. Uno de los del ITE, que ya habían descalificado, se ardió conmigo porque a esos siempre se las hemos partido bien y bonito. Y que no empieza a amarrar navajas… Que va y les dice a los del CET que yo decía que su puente era una basura, que estaba bien pinche feo, que de milagro aguantaba… no te digo que el puente no estuviera del asco, pero yo a esos tipos nunca los insulté.
»Aún así, le funcionó al del ITE andar de calientahuevos, porque uno de los foráneos agarró una piedra y se la aventó a mi puente. La muy hija de su madre pasó casi rozándolo, y entonces uno de los urbanos agarró la misma piedra, que sí estaba gandalla, hasta eso, y se las regresó. Pero no le había apuntado al otro puente, sino al güey que la lanzó, que quedó descalabrado en medio del patio.
»Y que se dejan venir cinco pinches rancheros, dispuestos a tumbar mi puente. Y cuando ya estaban meritito enfrente, como a tres metros, que se les pone al brinco una bolita del ITO Sur, de allá de la Barranquitas Guadalupe, de esos que tienen una cara de malandros, que hasta huelen a peligro y que parece que de un momento a otro te van a sacar la fusca y te van a encañonar.
»Estuvo épico, porque inmediatamente después todos los otros se metieron, de ambos bandos, armándose los madrazos a más no poder. Borde Negro contra foráneos. Casi casi te salpicaban las vísceras. Una refriega enmedio de los dos puentes.
»Cuando los profes los vieron, intentaron meterse para calmar esa absurda pelea, pero como vieron que agarraban al director y empezaban a madreárselo también, se dieron cuenta que ya no peleaban por una razón, sino por el simple gusto de meterse una madriza animal entre sí, lo más animal posible. Hubieras visto eso. Era hermoso. Entre el caos sobrevolaba una especie de calma, porque todos podían descargar una furia acumulada ve tú a saber porqué, una ira por fin saciada, que te hacía sentir más tranquilo. Nadie quedaría, por lo menos, sin raspaduras y moretones. Como cuando un pinche huracán golpea la costa con toda su fuerza casi divina, porque sabes que cuando termine no quedará nada en pie, ni siquiera el huracán.
»Uno de los maestros había llamado a la policía, y como a los quince minutos llegaron unas seis patrullas. Los cuicos los asustaron con las sirenas, y la bola se desvaneció de pronto. Sólo quedaron un par de güeyes enmedio, que estaban demasiado alebrestados como para darse cuenta que todo había terminado. Lo curioso es que cuando los policías se los treparon a la camioneta y les preguntaron sus datos, resultó que los dos cabrones eran de la misma escuela.
–Qué pinches pendejos… Ja, ja.
–Oye, ¿y por qué te decía todo esto? Ah, sí…
»Mientras todos estaban allá partiéndose la madre, el güey del otro puente empezó a hablar con los jueces, tratando de convencerlos para que pospusieran el concurso.
–¿Por qué?
Pues el güey ya veía su pinche puente macuarro tambalearse, a punto del derrumbe. Se le hacía chiquita al cabrón. Pero como llegó la policía, y ya todos estaban muy cansados como para seguir luchando, además que a los jueces y a los de la escuela les daba güeva hacer el concurso después, dijeron que deberíamos seguir.
»Así que colocaron la siguiente carga sobre el otro puente. El güey se manchó. ¡Trescientos treinta kilos, pidió el desgraciado! Cuando la pusieron pensé que yo iba a perder, porque no se caía su puente, y estuve a punto de desmayarme. Cuando estaban por preguntarme cuánto quería que le pusieran a mi puente, se escuchó un rechinar tremendo, y al siguiente momento el puente del ranchero ya eran puras astillas. Como ya era bastante tarde y ya todos se querían ir, me entregaron el premio lo más rápido que pudieron, y el pase al concurso nacional, que tanto había soñado. Por eso me sentía indestructible.
–¿Y qué pasó en el nacional?
–Ah, sí es cierto.
»Los ganadores de los otros lados del país habían escuchado, por chismes, lo que había pasado conmigo en el regional, y no estaban muy seguros de sus proyectos. Además, en el Nacional habían otros concursos, así que era un espectáculo muy chido. Yo le había metido varias mejoras a mi puente, con las que iba a aguantar, según yo, fácil unos trescientos cincuenta.
»Cuando pasaba frente a los demás participantes, casi me besaban los pies y me pedían consejo. Era como una leyenda viviente, güey, y mi puente era el favorito para ganar. El viernes que llegamos al hotel, por la mañana, se me juntó un buen de gente, así que traíamos un cotorreo pocamadre. Me idolatraban. Salimos a comer a una fondita que encontramos cerca y por la noche teníamos planeado salir al antro, para estrenar la credencial de elector, que por entonces a muchos de nosotros apenas nos habían entregado.
»Quedamos de vernos a las siete en el lobi del hotel. Yo llegué tarde, como debe ser, pero los pocos que estaban allí me dijeron que no había venido nadie más. “Es que los del cuarto 513 organizaron una megapeda, y como el pisto sale más barato acá, pues ya no quisieron venir al antro. Pinches dejabajo”.
»Yo me emputé y los dejé ahí parados, primero porque no me habían invitado, y segundo, porque todavía tenía ganas de ir al antro y necesitaba más gente. Me había empezado a gustar que todos me trataran como lo máximo. Subí a mi cuarto y prendí la tele sin hacerle caso, y me tumbé en la cama a pensar.
»Entonces se me ocurrió que aunque sea podría divertirme si le caía a la fiesta, al cabo ahí también me respetaban muchos. Podía aparecerme de la nada y acoplarme sin problemas, tirar desmadre con ellos.
–¿Y qué, no te la hicieron de pedo?
Pues el güey que me abrió la puerta era un mamoncito. Desde que lo vi sentí mucha incomodidad, algo tenía que me ponía en un estado intranquilo, casi violento. Él era el tipo del cuarto 513.
»Me dijo “¿Y tú quién eres?”
»No sé si de veras no sabía, o sólo estaba pretendiendo que no me conocía.
»“¿Traes baro pa’l pisto? Llégale, si quieres” No le estaba pidiendo permiso, pero ya entré como de mala gana y me puse a platicar con los demás. Pregunté por él, para darme una idea más o menos de cómo era, y me dijeron que era como el galán del evento. Según eso, que se las traía a todas loquitas por ahí.
–¿Y sí estaba carita?
–Algo tenía que hacía que a todas les encantara, yo creo que carisma, una especie de arrastre que avasallaba voluntades y encendía las calenturas hasta de las menos güilas. Pero el güey era un desastre. Se las daba de muy chingón con tanta desfachatez… un engreído, güey. Una pinche cucaracha. Un chilango mugroso.
–¿Y qué tal la fiestecilla?
–Chido. Nos pusimos pero bien jarras.
»Cuando llegué estaban rolando una botella de una madre rara. “Mosquito”, le decían, yo creo porque te picaba bien sabroso. Era como jarabe de naranja, pero fuertísimo. Haz de cuenta como si mezclaras Fanta con alcohol de 96. Pasado de lanza, güey. Casi casi lo olías y ya estabas ebrio. Lo bueno es que yo aguanto un chingo.
–No manches.
–Sí güey. Y la cruda de la mañana estuvo terrible. Además después me di cuenta que había estado mandando mensajitos estúpidos por celular. Pinche alcohol. Aunque eso no le quita a uno la culpa, pero te hace decir cosas que normalmente no dirías.
»Por lo menos el concurso era en la tarde. Yo amanecí en la cama del cuarto con dos güeyes y dos viejas junto a mí, apenas cubiertos con las sábanas. Ni los calzones traían. Tuve que salirme esquivando los cuerpos tirados en el piso por el alcohol, inconscientes e inmóviles, casi como muertos, porque pisé a varios y ni se dieron cuenta.
–Ese güey que va en la otra banqueta está bien rico. ¡Papacito, vente aquí!
No mames, ni siquiera puede oírte. ¿Viniste a estar zorreando, o qué?
No, pero tampoco sabía que un Adonis como ése iba a pasar caminando al otro lado de la calle. Bueno, de todas maneras no importa, no creo que me haría caso nunca. ¿Tú crees en el amor, güey?
Antes sí, hasta llegué a creer un par de veces que me había enamorado. Pero siempre es la misma mentira, porque empiezas a pensar que la otra persona te puede llegar a querer igual que tú a ella, y ni madres. Siempre hay una barrera que parece imposible de tirar... aunque abraces, y beses, y cojas, el vacío en el que vives no se llena nunca. A veces hasta crece. Precisamente en el concurso fue una de esas veces.
–¿Neta?
–Sí, güey. Me fui a jetear otro rato a mi cama y me despertaron los otros apenitas a tiempo para irnos al concurso. Todavía me dolía la cabeza. Agarramos un taxi y nos fuimos al parque sede, donde ya estaban todas las exposiciones de los concursos. Había unas muy chidas, unos robots diseñados para hacer todas las cosas que siempre te dan güeva, como abrir latas de refresco y otras cosas inútiles...
»Pero bueno, eso no tiene nada que ver.
»El concurso empezó a las tres en punto, y de inmediato comenzaron a descalificar gente porque utilizaban otros materiales además de palillos y pegamento. Estuvo triste porque algunos habían viajado desde muy lejos, de allá del Norte del país, creo que los más lejanos eran de Saltillo, y como en el viaje se les habían estropeado sus puentes tenían que improvisar con lo que encontraban, aferrados al deseo de ganar. También sospechamos que hubo sabotaje de algunos, porque no aguantaron ni el peso del que lo había construido. Pinches lacras los que lo hicieron, también aferrados a la victoria. Aunque era triste, -y no es por culerez mía- a mí me valía madres, porque a fin de cuentas me beneficiaba. Mientras menos burros, más olotes, güey, ¿o no?
–Pues sí. Pero qué culero.
–Es inevitable.
»Pero en fin... cuando vi al güey del 513, Paolo Sampieri, me entraron unas ganas de estrangularlo... pinche pendejo. Como había dado la fiesta de la noche y un chingo de gente había ido, muchos lo apoyaban, hasta de los que antes andaban cotorreando conmigo. Yo estaba de muy mal humor porque aún la resaca estaba gruesa. Con decirte que me encontré a un güey que tenía años sin ver, que se había cambiado de prepa y de estado, ya se la estaba rayando: “No me estés jodiendo”, le dije. Era chido conmigo, buenpedo, pero yo me sentía de la chingada, aunque eso no justifica.
»Sampieri, queriendo aparentar aquello de la competencia amistosa, que a fin de cuentas es una mentada de madre, se acercó y me tendió la mano. “Suerte”, me dijo. “Chinga tu madre, güey. Yo no necesito suerte, aunque tú tal vez sí”. Y se fue medio agüitado. Pero luego luego se le pasó, porque agarró una vieja que estaba viendo su pinche puente chafa, y le plantó un tremendo beso, con el cual la muy pendeja cayó a sus pies, redondita. A mí me valió, y me fui a buscar unas pastillas, a ver si se me quitaba la molesta náusea, que ya traía acumulada desde mucho antes de la peda.
»¿Te molesta si prendo un cigarro?
–No güey, para nada. Es más, rólate uno.
Simón. Los que quieras, al cabo no soy ojete. Ja, ja. Después de todo ya no nos vamos a volver a ver. Enlloi it.
–¿De cuales son?
–Unos cubanos, que conseguí con un tipo que vende hierba. Muy buena, por cierto.
–Esos me encantan, son los mismos que yo fumaba, pero ya se me acabaron. Todo dura tan poco...
–¿Traes lumbre?
–Eso sí.

–¿Qué te decía?
–Lo de las pastillitas.
–Ah, sí.
»Entonces cuando regresé me tocó probar mi puente, pero me marié y ya me andaba cayendo encima de él. Me agarró una vieja que me había estado guachando desde el otro día. Como que algo quería conmigo, pero ps yo ni al caso. Le di las gracias y me hice güey diciendo que iba a tomar agua.
»Ya quedaban sólo unos cuantos de la primera ronda, y Sampieri fue el último. Estaba muy seguro de su puentucho. Tanto, que cuando se subió a él empezó a dar de brincos, y todos aplaudiendo. Estuvieron a punto de bajarlo en brazos, y eso ya era el colmo. Yo estaba con un encabronamiento...
»De pronto, mi puente ya no era el favorito, y en el receso todos comentaban acerca de Sampieri, que se había ido a fajar con la vieja ésa, atrás de los arbolitos, allá en uno como bosque que había enmedio del parque, junto al lago. Regresaron todos despeinados, haciéndose güeyes y como aparentando que no pasaba nada.
»Oye, esos cigarros son caros, no puedes desperdiciarlo así nadamás, ¿por qué lo apagas?
–Porque ya no quiero. Estoy hastiado de todo. Además me estorbaba.
–¿Estorbaba para qué?
–Para hacer esto.

–¿Por qué me besaste?
–No sé, fue un impulso. Una estupidez. Ningún hombre me toma en serio, pero en ti vi algo desde que te conozco, algo diferente. Pensé que en ti podría encontrar lo que siempre he buscado, lo que no he encontrado en ninguno de ellos.
–¿Qué cosa? ¿Amor?
–Tal vez. O una razón para seguir...
»Es que somos tan parecidos, y yo necesito tanto cariño. Ninguno de los güeyes con los que he andado me ha sabido dar lo que necesito. Todos son unos hijos de su madre, sólo quieren sexo. Tú sabes cómo soy, pero no te imaginas todas las locuras que he hecho con mi cuerpo, y nada me satisface. Yo quiero algo más que eso, alguien con quien pueda compartir mis dolores, que son tantos, mis sentimientos, incluso los más oscuros, las pasiones más desenfrenadas. Alguien como tú, que me comprenda y me escuche, que no me juzgue. A veces siento tanta soledad...
–Todos estamos solos, a pesar de todo, güey.
Pues sí, pero es lindo saber que tienes alguien con quién compartir…
–O creer que tienes alguien.
–Bueno, creer que tienes alguien con quien compartir.
–Pues ni te emociones, recuerda que ya no nos vamos a ver.
No me gustan las despedidas. De todas maneras, no me arrepiento por el beso, pero esperaba que tú...
–El problema es que esperas demasiado. A mí tampoco me gustan las pinches despedidas, pero ya tomamos la decisión, ¿o no?
–Ps sí.
–Estábamos condenados desde el principio.
–Todas las relaciones están condenadas desde el principio, ya sea por el olvido, la distancia o la muerte.
–Sí, todo es tan corto... tan fútil…
–No se dice fútil, güey, se dice futil.
–No mames, estás bien güey.
–No mames tú, de dónde sacas esas palabras tan pendejas.
–Bueno, ya no importan las palabras. Lo que importa es que todo está de la chingada.
–Pero hay que disfrutarlo mientras dura.
–¿Quién dice?
–Yo.
Bueno...

–Recuerdo al último con el que anduve. Se llamaba Miguel. Tenía un cuerpo que ¡no manches!... y aunque me trataba de la chingada, yo lo quería, pensé que podía hacerlo cambiar. Qué pendejada. Pero el amor te hace pensar pendejadas.
–¿Entonces tú si crees en el amor, después de todo?
–Sí, ¿por qué no?
–Ps no mames, güey, ¿no te digo cómo me ha tratado la vida? Además, después de lo que me has contado de todos esos hombres con los que anduviste, tu ingenuidad raya en la estupidez. Me sorprendes.
–Yo también me sorprendo. ¿Pero qué pasó después? Aún nos queda algo de tiempo, quiero saber con quién acabaste en el concurso.
–Ah, sí.
»No falta mucho por contar. Ya en la última etapa sólo quedábamos Sampieri y yo compitiendo. Y sí, mi puente aguantó fácil los trescientos cincuenta, pero increíblemente, el suyo también. Se resistía a caer el muy hijo de puta. Me daban ganas de tirarlo con mis propias manos. Sampieri llegó a los trescientos sesenta, lo cual me emputó y pedí trescientos setenta para hacerlo perder deshonrosamente. Pero mi puente ya no aguantó, cayó como sacudido por un pinche terremoto, y hasta sentí ganas de llorar, porque me había esforzado tanto que casi lo sentía como una parte de mí, que también se derrumbaba.
»Entonces Sampieri pidió también trescientos setenta. Todos le decían que así lo dejara, que no tenía que probar nada, que ya me había derrotado, pero él no se echó para atrás. Y el suyo también se cayó, con un pinche vértigo tan maravilloso, güey, que ya no me sentí tan mal. Declararon un empate y él se acercó para saludarme, y entonces me di cuenta que no lo hacía por mamar, que era sincero, y nos dimos un apretón de manos, como buenos competidores.
»“Estuvo pocamadre el concurso”, gritó. “Hay que celebrar todos”. Y toda la banda bien feliz. La chavita que te digo que me había ayudado, Angélica, se acercó a mí y me abrazó, diciendo que no importaba mucho el premio, que lo que importaba era el esfuerzo. Y ps ya, dejé que me abrazara, así me consolé un poco. En la noche nos fuimos a festejar, porque al día siguiente era la premiación, así que era nuestra última noche en la Ciudad de México, y había que aprovecharla, buscar alguien para dedicarte al agasaje. Angélica y yo estuvimos platicando y bailando muy a gusto. No sé si fue por efecto del alcohol o qué, pero ella ya había empezado a atraerme, y la pasamos bien. Eso hasta que llegó Sampieri a donde estábamos y pensé “ya valió madre, se la va a llevar el muy hijo de puta”, aunque ya no lo odiaba tanto.
»Y sí, se acercó a Angélica diciendo “¿Puedo bailar contigo?” y la otra, muy negada, que se va con él dejándome enmedio de la pista. “Chinguen a su madre” pensé, y me fui a arrinconar a los silloncitos de la orilla, simplemente escuchando la música y mirando a todos divertirse. Ellos allá, y yo acá en la frustración.
»Y entonces que llega a acoplarse el Sampieri. “¿Por qué la cara larga? Ánimo”. No sé cómo, pero me sacó una sonrisa. “Caele a la fiesta, no te quedes ahí, no hay por qué deprimirse… hoy todo es algarabía”.
»No sé cómo me convenció, pero empezamos a bailar. En eso tocaron una canción lenta bien depre y bien pinche pegajosa. Estaba tan pegajosa que todavía me acuerdo del corito:

“Te voy a olvidar
aunque me parta el alma.
Y no lloraré,
ni una lágrima verás.”

»Me recordó otras cosas que habían pasado antes. Con eso me puse como que un poquito sentimentalona: combinando alcohol, música llegadora y letra ajerosa, qué más quieres. Entonces me tomó de la mano y la cintura, abrazándose a mi cuerpo de pulga, y yo de pendeja, en ese instante lo besé. Pinche Sampieri, no le bastó robarme el premio, también me robó el corazón el muy hijo de su puta madre. Nunca habría creído que me iba a enamorar de ese güey, aún no lo creo. No sé qué chingados le vi, güey, no sé. Y cuando acabó la cancioncita nos salimos del antro y nos fuimos al hotel, que estaba solo. Éramos los únicos que habían regresado temprano. “Todo fue parte de una estrategia, desde el principio la única que quería era a ti, desde que te vi rodeada por toda la banda, cuando relucías entre todos por tu seguridad, tu deseo de ganar. Por eso quise que ganaras también el concurso, ya sabía que mi pinche puente se iba a caer”.
»No sé si era cierto, pero le funcionó. Yo estaba deslumbrada, apendejada, y sólo me dejé caer en la cama mientras él sacaba de entre mis muslos locos gemidos de placer, que estaban como guardados con candado, prohibidos. Me susurraba cosas tiernas, su boca pegadita a mi oreja, y me desabrochaba suavemente la ropa, en la penumbra de una noche por fin lograda.
Siempre acabas enamorándote de quien menos imaginas. Es irracional, loco y absurdo, pero así es. Qué chingados le vamos a hacer.
Sí. Pero cómo recuerdo esos momentos entre sus brazos, parecía que el techo se nos iba a caer encima y no importaba para nada, yo me sentí por un momento segura de todo. Yo sé que suena como una pendejada, pero así me sentía yo. Pensaba que se trataba de un pinche macho como los que estaba acostumbrada a ver en todos lados, y vaya que conozco muchos de esos, pero él era diferente. Parecía que realmente le importaba hacerme sentir bien. Creo que lo logró. Fue mejor que cualquier otra experiencia que haya tenido. No se compara con nada.
Quisiera haber conocido un hombre así, pero yo creo que ya no los hacen. De todos los que me acompañaron, o creí que me acompañaban, ninguno me quiso de veras. Puras palabras, que a fin de cuentas son nada. Yo sí los quise, cada uno de diferente manera, a algunos incluso los amé, pero nunca me vieron como algo más que un pedazo de carne para saciar su pinche inagotable hambre de placer.
»Y yo me lo gané por andar arrastrándome atrás de cualquiera, casi siempre cayendo ante el encanto de un cuerpo chido, como el güey que pasó hace rato. No tiene caso desgastarte tanto, si a fin de cuentas el cuerpo es lo que menos dura. Menos que todo lo demás, que tampoco dura mucho…
»Creo que ya es hora. Son las cinco y media.
–Sí, ya lo habíamos decidido.
Cuando ya no tienes la menor duda, cualquier edificio parece demasiado pequeño para aventarte, ¿no? La altura parece tan corta desde aquí arriba...
–La neta a mí la altura me vale pinches madres, güey.
–Pero da tristeza que sea así. Yo quisiera que este momento decisivo fuera más largo. Ni siquiera la muerte dura lo suficiente.
–Llevas agonizando toda tu vida, así que no mames.
–Bueno…
»Por lo menos la vista es hermosa. Borde Negro a punto de anochecer. La ciudad no se ve tan grande desde acá arriba. Uno se la imagina más grande cuando camina por ella, o cuando el pinche tráfico te hace tardar media hora en pasar una cuadra. Desde aquí se alcanza a ver mi casa, está aquí cerca. Qué chingona vista, güey, no pinches mames.
–Sí...
»De haber sabido antes.
–Pues fue un placer conocerte. Aunque a mí tampoco me gustan las despedidas, antes de que nos vayamos para siempre, me gustaría saber tu nombre.
–Dijimos que nada de nombres.
–Sí, güey, pero ya qué caso tiene. Total, nos quedan unos cuantos segundos.
Érika. ¿Y tú?
–Uriel.
–A mí también me gustó conocerte Uriel, aunque sea este poquito. Si te hubiera conocido antes de hoy...
»Creo este ha sido el contacto más profundo que he tenido con otra persona.
–Que tuviste.
–Bueno, sí… que tuve. Adiós Uriel.
Adiós Érika.
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