Güey



“La juventud: rebelde contra todo, contra las tradiciones.
Ingenuos: ignoran que la rebeldía es su tradición.”
J. S. R. S.



Todos los adultos fueron alguna vez jóvenes. Desde siempre, la juventud ha sido rebelde, no por el simple gusto de contradecir la autoridad impuesta socialmente, sino porque alberga en sí misma montañas de esperanza e ideales, de pasión, que van decolorándose lentamente al paso de los años. Lo que ha cambiado son los  medios y oportunidades de participación que tienen actualmente los jóvenes.

Mientras que antes se les menospreciaba y se acallaba su voz hasta la adultez, ahora tienen a su alcance medios inmediatos de comunicación y representan, en verdad, una poderosa fuerza social. La sociedad necesita alguien que la cuestione descarnadamente; y este claro proceso de cuestionamiento está latente en los jóvenes, en todas sus expresiones, desde la forma de vestir hasta la música que prefieren o que componen. Tal vez una de las expresiones más potentes de la rebeldía juvenil es su lenguaje. Si se tuviese que resumir por completo, en una palabra, a los jóvenes mexicanos de hoy en día, la palabra sería: güey.

A pesar de que esa palabra no es utilizada únicamente por los jóvenes, forma para ellos parte de su jerga habitual e implica una trasgresión directa de los cánones del habla. Es ambigua y agresiva, familiar y cercana, adjetivo, pronombre y sustantivo. Sintetiza la necesidad de reducir el tiempo dedicado a la comunicación y, por ello, sustituye nombres con toda facilidad. Este afán por la reducción de tiempos es muy visible, por ejemplo, en la comunicación actual que evolucionó del correo electrónico a charlas en tiempo real o mensajería instantánea (el mésinller), que permite platicar con varias personas a la vez y hasta sostener conversaciones de voz y con imagen, sin tener que pagar demasiado por ello: por eso los jóvenes utilizan tanto este medio.

La palabra “güey” implica, además, una idea de igualdad muy interesante. Todos somos “güeyes”, hasta los papás, incluso Dios. Nada tiene que ver con el significado que tenía en los años 40, en que nuestros papás o nuestros abuelos llamaban a sus hermanos y compañeros de escuela (jamás a las hermanas o a las compañeras) “buey” para denotar que habían cometido un error. Ahora, al llamar güey a otra persona, se está admitiendo una respuesta igual, se está autorizando a ser llamado así también por el otro o la otra, lo cual establece ya una relación muy cercana entre ambos, entre apelante y apelado. Sin embargo, la palabra conlleva una contradicción, pues al usarla como vocativo se despoja de su identidad a la otra persona, se sustituye su nombre, se “pronombra”. Equivale a decir: no sé tu nombre, entonces te llamo güey.

Las pequeñas variaciones al pronunciar esta palabra la dotan de una riqueza interpretativa descomunal que puede ser correcta sólo al comunicarse en persona. Por eso al chatear se requieren constantemente aclaraciones cuando se la utiliza. Es por ello que esta palabra únicamente podría ser entendida plenamente en una cultura de alto contexto, como la nuestra, donde la forma tiene, muchas veces, más relevancia que el fondo.

La palabra en cuestión se amolda perfectamente a hombres y mujeres en toda situación. Hace tiempo las declaraciones amorosas eran asunto delicadísimo, pero ahora, desde la secundaria, (tal vez incluso antes) son el pan nuestro de cada día, y tienen variantes entretenidísimas como: “¿Quieres ser mi novia, güey?”. Esto ocurre por la familiaridad que se alcanza a través del comodín lingüístico mencionado que, sin embargo conlleva una contradicción, porque interpone una barricada ante el avance del otro. Se trata de un acercamiento calculado, en el que se mide el riesgo de entrar en contacto, como cuando se conoce a alguien por primera vez: para evitar demasiada familiaridad sin parecer muy lejano, se utiliza esta palabra, que se ajusta muy bien a las circunstancias. Esta palabra se ha convertido en un ritual social muy característico de los
jóvenes mexicanos.

Suele suceder que en una fiesta, a altas horas de la madrugada, un joven empieza a platicar sabrosamente con alguien a quien nunca antes había visto, le cuenta prácticamente toda su vida y al momento de despedirse, como ni siquiera sabe su nombre, sólo atina a decirle: “nos vemos, güey, fue un gusto conocerte”. Es ésta una forma de protección de la intimidad y a la vez una forma de establecer una relación personal profunda, pero corta.

La interacción creada por este proceso permite adaptarse fácilmente a los ambientes más hostiles sin demasiado peligro ya que esta palabra es utilizada por fresas y punks, eskatos y góticos, nacos y rancheros, cholos y rastafaris.

La extendida y creciente propagación de esta palabra y su arraigo en el habla cotidiana no pueden ser juzgados como una degradación del lenguaje. Las lenguas cambian para mantenerse vivas, de acuerdo con las características de la sociedad que las habla. Oponerse a esta palabra puede ser la primera reacción de algunas personas, pero hay que recordar que las lenguas romances, como el castellano, surgieron de la deformación del latín, un paso necesario en su evolución, sin el cual no existirían. Más que estar a favor o en contra, se trata de describir el fenómeno y aceptarlo como algo irreversible e inevitable. Los más adultos deberían también aceptarlo y no juzgar desde su perspectiva, ya que cada generación tiene su propia cultura, inscrita en una cultura mayor. Después, los jóvenes, cada quien de acuerdo con su contexto y su cultura, seguirán usando o descartarán esta forma de expresión al pasar a la siguiente etapa de su vida. Eso no es algo previsible: dependerá en gran medida de la aceptación o rechazo que surja alrededor de cada individuo.

En lo personal, yo no logro acostumbrarme a utilizar esta palabra en mi lenguaje cotidiano: no lo siento parte de mí; sin embargo, en la escritura, llega a representar un enorme recurso literario por la ambigüedad y la riqueza interpretativa que genera.

Creo que es importante comprender y no juzgar. Siendo jóvenes, el que una persona mayor critique esta forma de expresión puede tomarse como una agresión y, en vez de tomar su opinión como simplemente eso, se responderá probablemente de manera agresiva. Hay que tomar en cuenta que la jerga natural y cotidiana no es de ninguna manera una agresión o una falta de respeto, sino un símbolo de familiaridad, que puede adquirir un tono agresivo y ofensivo cuando el hablante se siente amenazado. Asimismo, oponerse al cambio en la forma de escribir el castellano es oponerse al proceso natural de toda lengua, simplemente por un apego a las viejas formas, atávicas y caducas algunas veces. Las contracciones acostumbradas por nuestra juventud son una manifestación de que nuestra lengua está viva y en constante cambio, que se mueve.  Tal vez algún día, en vez del castellano, hablaremos el “mexicano”. Quién sabe, todo está en manos de los jóvenes.

Publicado en agosto de 2006 en la revista Crezcamos Juntos, Tecnológico de Monterrey.
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