Si llegas muy temprano al consultorio, por ahí de las siete y media, ocho de la mañana, puede que te toque solamente después de unas cuatro personas, pero no hay manera de saberlo a la certera. Te quedas un rato esperando, y haciendo uso de toda la paciencia que logres juntar, porque en los otros consultorios ya van llegando las enfermeras para tomar medidas, peso y presión de los usuarios que van a consulta, pero contigo nada, nomás no se aparece la señorita encargada.

Tu estómago empieza a resentir el hambre porque, de andar tan a las carreras, no te diste tiempo de empacarte una rebanada de pan, aunque sea. Cuando al fin se aparece el espantajo de enfermera con uniforme de chaquetita verde, tus ojos se alborotan con tanto pelo que se carga por todos lados, haciéndote dudar si no será un él en vez de ella. Sin embargo, cuando se sienta, por debajo del escritorio alcanzas a percatarte accidentalmente de que bajo su falda color amarillo canario no hay prenda alguna que oculte su pelambre, y entonces sí te da una náusea que te hace ir corriendo al baño.

Al regresar te enteras que un gandalla ya se adueñó de tu lugar. El reclamo lo único que hace es convencerte de que el güey podría ser un exconvicto y mejor le dejas el turno.

¿Aprovechar para echarte una siesta, para desquitar la desmadrugada? Ni madres, en eso la Peluda saca una grabadora y pone la estación más fea a la hora exacta en que están transmitiendo las pinches mañanitas versión las Ardillas. Chingue su madre.

La mejor manera de entretenerte será probablemente inspeccionar de reojo las caras de los pacientes circundantes, tratando de adivinar qué padecimiento los hizo acudir a tan abominable lugar y hora. A la viejita de vestido de bolitas rojas en fondo blanco le calculas una gastritis crónica, por la cara de chueca que pone al sobarse la panza.

La señora embarazada apuestas que viene para la revisión del sexto mes, sin muchas complicaciones. El malandrazo, tose y tose, seguro fuma que fuma todo el día y le mandarán a hacer unos estudios raros. No hay una sola cara interesante en toda la sala de espera.

De pronto pelas los ojos porque oyes tu nombre resonar en una voz cascada, la de la enfermera Pelos tiesos, pero cuando llegas junto a ella te dice que hay un problema porque no eres derechohabiente, el asunto se aclara en el archivo, no hay de otra.

Una fila con treinta personas, y de las tres ventanillas solo en la primera hay alguien para atender, un cabrón con cara de topo que no alcanza a leer los documentos de la gente ni a mentadas de madre, pero de eso te das cuenta hasta que llevas una hora de estar formado. ¿Sí te imaginas lo que te digo?

Por suerte en ese momento se ha levantado una muchacha de culo monumental, que lo exhibió por cinco minutos ante tu rostro, recargada contra el filo del mueble mientras el Pocaluz de la ventanilla intentaba entender cuál era su trámite. No habiendo otra cosa mejor que hacer, te entregaste a la contemplación de tan suculento pero efímero espectáculo, hasta encontrarte frente a frente con el empleado a quien debías solicitar el sello de vigencia. Un rato después te dio de nuevo tus papeles, con una cara tajante de este no es mi problema mientras recitaba en un tono engañosamente jovial: Señor, va a tener que ir a la dirección para que le resuelvan este asunto porque yo no tengo la jerarquía para ayudarlo con esto, seguro allá le dirán cómo solucionarlo, digo, si se puede.

Le mentarás la madre entre dientes, y ahí vas a la oficina del director de la clínica a ver qué chingados se inventa. Para entonces ya habrás imaginado cuarenta maneras de asesinar a cada uno de los inútiles que has visto, y veinte maneras de cogerte a la chamaca de las nalgas de ensueño.

Asombrosamente, la secretaria de dirección de inmediato se dará cuenta del malentendido y te mandará de regreso por donde viniste, luego de sellar el papelito sin haberte mirado a los ojos ni una milésima de segundo, mientras guaguareaba al teléfono.

La mano de la enfermera al rozar la tuya cuando entregues la hoja será una especie de veneno, pero vas a estar bien, ya casi te pasan a consulta, solo esperar otros dos turnos.

Junto a la radio, la Señorita señor se deshace en babas por el pendejo de Luis Miguel, no puede ser, va empezando la hora de puras canciones interpretadas por él, y lo peor es que su tono presuntuoso te horada la cabeza por abajo de las orejas aunque el volumen no sea tan fuerte como crees.

Ya estuvo bueno, dijiste de pronto, saliste a comprarte un gansito en la tienda del otro lado de la calle, y mandaste al carajo a médicos, asistentes y usuarios, menos a la veinteañera de caderas firmes y nalgas torneadas, lo único sabroso de todo el día. Al cabo lo único que querías era pagar la apuesta que perdiste con el Rivas, soolo tenías que ir a que te revisaran los dientes, pero ni que tuvieras tanta prisa para que te saquen las muelas.

La próxima vez que tengas que ir al Seguro, Ceferino, mejor cómprate un buen barril de tequila y te lo empinas hasta desterrar las dolencias, de tan ahogado en alcohol que cualquier padecimiento sea poca cosa.
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