Majestad dormida

A la dueña del Reino, Lupita, 
más allá de toda desesperanza

2006, marzo


Palacio de San Petersburgo


Estoy aquí, junto a ti, tan lejos de ti. Cómo duele tocarte. Transitar con mis dedos por tu galaxia marmórea, sabiendo que este viaje de caricias va a terminar, y que sólo habré logrado establecer más firmemente ese tránsito sublime en el recuerdo, esa lejana provincia. Labios de versos enrojecidos. Enfebreciendo navego triste. Pálida sombra de tu recuerdo. 

Tomo tu mano. Temo perderte, ahora más que antes, a pesar de que jamás has sido mía. Quién pudiera poseer una mujer… 

Ya que duermes, hablo sabiendo que no me escuchas, hablo sabiendo que mi voz no te toca. Intenté resistir el embate del ejército imperial de tu mirada, pero eres irresistible. Aposté regimientos enteros de razones sensatas para evitar tu influjo avasallador. La artillería se armó hasta los diantres, en espera de un milagro que me salvara de ti, pero eres irresistible. 

Bailo con tu recuerdo extravagante, que vagabundea en mí queriendo ser más que recuerdo. Tus ojos, vanguardia de mis horas, cercenadas por palidecimientos inapelables. Muero por que tu voz me vuelva loco, por encontrar tu mirada entretenida en la fragilidad de la tarde, o del rocío, o de la pálida luna. Beber la canela embriagante escondida tras tus párpados inexorables. 

Este juglar siervo tuyo eleva su canto, su mágico canto desgajado ofrenda a tu monárquica beldad. Habité tu palacio nevado en la orilla del mundo, y desde entonces encontré una razón en la sinrazón, inspiraste las notas de un laúd entristecido haciendo que sus cuerdas se estremecieran de añoranzas. El juglar de la Reina. Contemplo tu plácida majestad desde una ladera próxima, y me acerco, atraído por ese oscuro resplandor de tu cabello que me capturó desde el inicio en su red mística. Estoy indefenso. 

Bajo esa sábana, ese manto de pretendida inocencia en que estás envuelta, se adivinan tus formas deslumbrantes, tu cuerpo de lumbre en que el deseo parecería a punto de explotar con toda su fuerza de un momento a otro, incontenible, innegable, omnipotente. Y sin embargo permaneces abstraída de mi tacto. Te respiro. Te llevo en la sangre. Te siento clavada a través de todo mi azoramiento. Inerme frente a ti. Pero no abres los ojos ni siquiera para darme el golpe definitivo, y pareces querer prolongar esta incertidumbre en que existo despojado ya de tus brazos inabarcables, extendidos sobre tu lecho. Ten piedad de mí. Muéstrame tu rostro como antes, cuando la primera sonrisa derribó todas las murallas, con esa etérea candidez tuya que es capaz de subyugar naciones. 

Lucho cuerpo a cuerpo contra la fatalidad, en vano. No puedo aceptar la idea de permanecer aquí, colmado de impotencia como los cirujanos que se cruzan de brazos, con una expresión vacía diciendo hicimos todo lo que pudimos, debería considerar otras opciones señor Lozano, porque ellos no se imaginan lo que es estar junto a tus pies pensando que todavía… y no. 

Qué voy a hacer cuando en mis noches de angustia me cruce contigo por los pasillos del sueño, creyendo que has vuelto radiante, y al intentar asir tu aroma te conviertas en horizonte lejano o en océano inmenso o en cielo apabullante… no lo soportaré. Soy tan frágil como tú, o más. 

Aún escucho los gemidos de las noches en que cincelé mi deseo sobre tu cuerpo tratando de esculpir en él la pasión que provocas. Es como si esos gemidos se escaparan de entre tus piernas ahora que están tan juntas, tan recatadas a fuerzas, obligadas a reposar sin reposo, y tú diluyéndote en ropas de hospital como si te fueran quitando poco a poco la voluntad, royendo vorazmente tu piel almibarada. Preferiría mil veces que te fueras caminando de mi lado, saber que aún existes como antes, que resignarme a tenerte aquí, anclada a medias a esta terrible agonía, tan mía como tuya. No sé qué hacer, y en la cumbre de mi desasosiego se me ocurriría preguntártelo, siempre supiste qué hacer cuando el laberinto nos confundía en sus intersticios pero ahora… 

Esta es la forma en que el mundo termina, esta es la forma en que el mundo termina… no con una explosión, sino con un lamento.
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