¡Presidente, te deseo con locura! Noches de angustia como esta me hacen pensar en ti, anhelarte. Imagino mi mano deslizarse por tu cuello, mi boca acercarse a la tuya, inhalar la dulzura de tu aroma y beberte como si fueras lo último que probarán mis labios. Es increíble que a mi edad me regocije en la idea de tenerte conmigo. Tus detractores te critican tachándote de vulgar, pero a mí me parece de ensueño tu porte gallardo, que envuelve una grandeza por pocos comprendida.

Oh, dulce Presidente, te admiro por tu claridad y firmeza, porque infundes valor a los cobardes, alegría a los tristes, porque das fuerza a los débiles. Te quiero aquí en mi oscuridad, sentir tu calidez recorrerme por dentro como un fuego que abrasa y destruye mis congojas, necesito perderme en ti, saborear tu blanda textura. Las estrellas me acribillan los ojos, mi piel gélida convoca tu cuerpo de cristal, mi pecho invoca tu nombre como algo sagrado que puede renovarle, y estoy seguro que ninguna mujer sería capaz de provocarme como tú. Tu pureza me invita a pecar. Eres noble, íntegro, y aun así seductor, voluptuoso.

Esta fantasía de poseerte me acosa durante el día, últimamente no me deja en paz, pero extrañamente me asalta una sensación de plenitud al pensar en fundirme con tu ser de espíritu salvaje, lleno de ímpetu. Tú, moreno y añoso, embriagante, me llenas de calma tan solo con mirarte cuando voy por la calle, dibujado en cada esquina como un presagio o un milagro.

El mundo pasa, la noche pasa y no estás aquí conmigo para sofocar este vacío, cómo quisiera tocarte, intoxicarme de tanto respirar el vaho que exhalas. ¿Es que acaso no te merezco? Sufro buscándote, mi sed de ti me trastorna hasta dejarme hecho añicos, pero entonces me refugio en el orgullo e intento olvidarte.

Oh, Presidente, si supieras cuánto me atormenta tu ausencia, mas sé que no eres capaz de sentir compasión por este saco de huesos que te anhela. Te adoro a ti, solamente a ti. Eres casi una utopía, pero envuelta en un velo de desesperanza. ¿Qué haré con mi destino, si estoy tan cruelmente separado de ti?

Ya fue suficiente, no me importa que sea la una de la madrugada, tocaré a la puerta de la licorería hasta que alguien me permita comprar una botella de tu elíxir, no importa que sea de cuatrocientos mililitros, con sus treinta y ocho grados gay lussac será suficiente para apaciguar esta aridez hasta el alba, y por fin ingeriré tu poderosa savia de la casta de los Domeq.
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