Fue una tarde de besos lentos, besos tristes, y fueron la despedida sin yo saber que no volvería a verte; teníamos treinta años, solo tres meses de conocernos, pero hubiera jurado que toda una vida estuvimos juntos.

Fue una tarde dorada bajo los eucaliptos de aquel parque otoñal, con niños jugando a las escondidas, perros ladrando, nosotros sentados sobre un pedacito de pasto entre un mar de polvo, ellos bebiendo refrescos y sus adultos meciéndose en hamacas, contando chistes, cantando canciones viejas entre cerveza y cerveza, y estábamos en la orilla del barullo dedicados los dos a hurgar la mirada del otro como si en esos ojos transcurriera el universo todo y pudiéramos presenciar ese milagro cabalmente, nada interrumpía nuestro azoro.
Tuvimos el atrevimiento de creer que la dicha nos duraría toda la vida, pero ya viste que no, unos días nomás compartimos.

Te recuerdo sin querer, me da frío recordarte porque es una imagen muy vieja esa, la de tu rostro recibiendo las luces finales del cielo, cayéndose en escala de rojos, una imagen como de fotografía desgastada de tanto llevarla a todos lados, en la cartera o entre las hojas de un libro, a modo de separador; y no es que no quiera recordarte, pero también para qué, si eso que tuvimos fue hace ya tanto, antes del dolor de articulaciones.

Me pasa que te recuerdo en los momentos más inoportunos, por ejemplo cuando estoy en la cama con una voluptuosa mujer a mi lado, entrepiernados. No sé por qué en esos instantes, al coger con una vieja cualquiera, se me vienen las voces, los cuerpos de aquellas que más quise, como tú, sobre todo tú, durante esos noventa días de estúpida, bella ilusión, de abrazos y besos tiernos, de miradas constantes, de búsqueda y escucha persistente, que no he vuelto a tener después con nadie.

No sé si te amé, no sé qué te hace tan única entre todas las mujeres, si partiste, como tantas antes y después de ti; nos dejamos sin explicación, sin posibilidad de reencuentro, aunque de esto vine a percatarme mucho después.

Ese día te busqué como tantos otros, después de tu ensayo, danzonera de ritmos mágicos y mirada portentosa, llevabas un vestido blanco de olanes incontables, y ese perfume como de campiña mezclado con tu aroma de almizcle suave que hacía a mi cabeza dar de vueltas. Caminamos un rato por las anchas calles bañadas de café, y luego tomamos un camión hasta el jardín aquel. Tus dedos temblaban con los míos al sostenerse, seguro eran una premonición del final inexorable. No sé si en el recuerdo todo permanece tan misterioso como en esos momentos de cálido embelesamiento, o si mi memoria lo ha modificado intensificando o minimizando los matices de nuestro adiós jamás pronunciado.

La caricia de tus cabellos rozándome apenas con el soplo de esa brisa de octubre me azota ahora, cada vez que, sumido en mi soledad, miro a través de mis ojos desgarbados la incógnita dibujada en el quicio de una puerta, como si tú hubieras partido por ese umbral hacia no tengo la más mínima pinche idea de dónde. Y la vista se me pierde en el tiempo borroneado, igual que tú te perdiste, igual que yo, sin el valor para convertirnos en estatuas de sal.

No sé si hubiera cambiado algo, no sé si lo cambiaría a fin de cuentas, porque no me imagino siendo otro, ni a ti resignándote a permanecer a mi lado. En verdad somos solamente esta desolación a medio pronunciar, y nada más. Parte de tu encanto consistía en la incertidumbre de un nosotros que podía quedarse a medio cuajar, y la deslizabas por en medio de cada palabra, como un murmullo, en medio de cada suspiro, como una tregua, de cada latido, como una sentencia.

Bien podrías estar ahora muerta en el rincón más apartado del mundo, pero casi estoy seguro que no, más bien soy yo quien murió esa noche al besar tu mejilla y decir Te veo pronto, soy yo quien se quedó tirado a mitad del puente, con los ojos oscuros de tan abiertos y la garganta fría de tan quemada. Un rayo me partió en dos, sin sentirlo. Todos creen que soy tremendo, que tengo la capacidad de encarnar lo terrible, pero no saben que en ese instante dejé de existir, y este cuerpo ruinoso que ahora ven es tan solo un zombi, un puto robot.

Lo asombroso de estar juntos era que nunca nos preguntamos cuánto iba a durar, nunca oficializamos la ternura con un nombre que le hubiera quitado su encanto al desconcierto de encontrarnos de frente, prescindimos de ataduras rígidas para dejar el camino libre a la sorpresa. Yo palpé cada poro de tu rostro porque mi vista no era suficiente para descubrir en ti lo maravilloso, tú me regalaste una boca húmeda para refrescar la sensación sofocante del desierto que recorría dentro de mí, oasis exabrupto y fresco.

Más que una confesión mutua y salvífica, éramos mutua reinvención, incesante descubrimiento de posibilidades perversas, nobles y ambiguas. Una música melancólica pero llena de bríos. Un volcán.

El sabor a pintura me atraviesa cuando, a veces, en tardes doradas como ésta, doy besos lentos y tristes a una pared donde mi puño quedó silueteado el día que comprendí que no volvería a saber de ti, el día que decidí enterrar mi cadáver a la vera de las piedras desmuralladas. Luego vienen noches de lluvia, noches de sol.
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