El Baratillo de Guadalajara











Se extiende por una calle interminable y aledañas el olor del agua sucia que traza riachuelos hacia las coladeras; el olor de las carnitas saturadas de manteca, de moscas y de antojadizos: me da medio kilo para guzguear –verbo jalisquillo que significa comer de a poquitos para calmar el antojo, que no el hambre–, por favor; el olor de la ropa, nueva o usada, que colgada cerca de los transeúntes les atrapa la nariz y es caricia; olor de fierros viejos y antigüedades; olor a libros con hojas color marrón, de tan ajetreadas. Así son los domingos en Oblatos, en el Baratillo, tianguis multitudinario y tradicional tapatío a donde acuden hordas de compradores, paseantes, comerciantes o curiosos cada fin de semana.






Dicen que antes en el Baratillo las mercancías a la venta eran de verdad baratas como en ninguna otra parte, pero por alguna razón los precios se fueron ajustando hasta llegar a equipararse al resto de los tianguis. Sin embargo su continuidad histórica –por decirle de algún modo– y la magnitud de visitantes le conceden un lugar privilegiado entre las costumbres de la ciudad.
























A veces uno se pierde entre los puestos y no importa porque son guarida de nostalgias. A veces uno se aleja en el recuerdo o se adentra en la ilusión, la gente se ha ido de pronto y sólo quedan ensoñaciones. Y sin embargo la voz estruendosa de la doñita del pozole, ¿qué le servimos joven?, te devuelve al bullicio bajo los toldos, con todo y hambre. Quizás si no fuera porque te han pedido en la escuela que entrevistes a cinco tiangueros no se te ocurriría enterarte que doña Meche (sí, la del pozole) lleva veinte años en el negocio, preparando con sus seis hijos el guiso, todos ellos sirviendo los granos de maíz tiernitos y a flote en un caldo con col y carne, cinco días a la semana, con una ganancia diaria de unos mil pesos que usa, dice la señora (quién sabe si en broma), para mantener al marido. Y Diana, la hija encargada de cobrar, remata las preguntas del resto del equipo porque doña Meche está muy ocupada con las quesadillas y las tostadas, porque si se tarda se desesperan los clientes y enojados le reclaman a Diana, ya salió el pelo en el taco. Por lo demás se dicen contentos, eso de trabajar para uno mismo, sin patrones, ser independiente, resulta atractivo para varios de los compañeros de doña Meche.






Don Rafael López vende tejuinos, bebida de fermento de maíz, pero empezó vendiendo guazanas hace como veintitrés años. Su esposa le ayuda a despachar a los clientes, y con lo que sacan de los únicos dos días que se ponen tienen lo suficiente para llevarla bien, ni quién te mande ni quién te diga nada y si alguien te hace algo malo págale con un favor, cachetada con guante blanco, de a ocho y de a nueve los tejuinos pásele pásele. Así que también don Rafa se siente a gusto con lo que tiene, ni ganas de trabajar en otro lado.






Esa de allá, la del puesto de libros que parece que no encuentra nada que hacer, ni clientes tiene y a las revistas ni las moscas se les paran. Se debe a las computadoras, dice Raquel Hernández, mujer ya entrada en canas. Mientras los cuatro del equipo preguntan, su hijo hace como que atiende a los clientes que no llegan. La teoría no es descabellada: primero las fotocopias desplazaron a los libros de texto y los alumnos de secundaria y los prepos ya no los compraban, luego vino la culminación con el Internet y la libre circulación de informaciones a velocidad inmediata, pero ya no puede vender otra cosa, las piernas ya no dan para atender un puesto de frutas como antes o preparar jugos como su hija que unas cuadras más para allá le entra de lleno a exprimir naranjas. Lo administro yo y lo que gano es para mi hijo que atiende, pero no le sacamos mucho. Los libros me los vende la gente que viene, a veces me los regalan. Nos ponemos a las ocho de la mañana más o menos, y nos vamos a las tres, pero no hay hora fija, depende de la hora que llegues porque hay que descargar las cajas, y los carros los estacionan lejos. Debe ser difícil transportar tanta mercancía y tan pesada, no sólo para doña Raquel sino también para doña Meche y don Rafa que habían mencionado algo al respecto.




















El que no tiene tantos problemas para transportar la mercancía es Luis Felipe Calderón, comerciante acechado por la calvicie prematura (rondará la treintena) que al momento de la entrevista llevaba tres horas con su puesto de plantas: primer día. Unas pocas macetas y ya. La cara asombro de los entrevistadores, pobrecitos. Y más cuando Luis Felipe se aventó una disertación acerca de la economía informal con referencias al salario que ofrecía su chamba anterior, cinco mil pesos, razón suficiente para lanzarse a la aventura de emprender como tantos otros un pequeño negocio, aunque sea en el tianguis porque ahí si no vendes por lo menos te contactas con gente y mira que ya le surto a restaurantes y hoteles. La euforia en las palabras. Las miradas vagas de los estudiantes. Las enormes gesticulaciones. Ya me había puesto en el tianguis otras veces pero duré en esa chambita como seis meses y la dejé, y pues está difícil porque vas empezando, le ganas unos ciento cincuenta al día, la clave es ser constante como los que ya llevan años y hasta tienen su lugar apartado, no que uno tiene que apuntarse en la lista con el representante y aunque llegues temprano. Siete pesos el metro cuadrado te cobra el Ayuntamiento. Hay que echarle ganas, tener presencia. Se prolonga la reflexión y a punto de entrar en detalle acerca de la situación económica del país la cara de ya tenemos que irnos, y escribir el correo electrónico de Felipe Calderón, vendedor de plantas, a quien probablemente nunca contactaremos.






¿De qué será el siguiente puesto? ¿De juegos, de películas, de mascotas, de zapatos tenis? No. Son chanclas, saldos de chanclas. Y unos juguetes de plástico sin mucha vistosidad. Sentado en un banquito de madera, el hijo en sus rodillas, Javier Navarro, y la espera. Otro a quien nadie le compra, apenas lo voltean a ver. A él, sin embargo, no parecía importarle mucho. Contestaba a las preguntas amablemente. Sólo me pongo los domingos, por hobbie, trabajo en un estacionamiento público. Desde diciembre, sí, para sacar una lanita. Allá por navidad llegué a vender como mil pesos, pero ahora unos doscientos a lo mucho. Lo atiendo yo nadamás, me traje al niño para pasearlo. Nadie te exige, tú decides cómo trabajas. Tres hijos, una esposa. Retos no, sólo llegar temprano para alcanzar lugar. Por nada, hasta luego.






Muy amables, todos. Los comentarios de algunos paseantes del Baratillo apuntan a una especie de reproche por la aparente pusilanimidad de los vendedores, conformistas según algunas opiniones, porque prefieren evitar la exigencia de un trabajo formal o porque no buscan más, no buscan mejorar su situación sino mantenerse, sobrevivir y ya. Dirían algunos que es la güeva, pero no es el propósito de este papel formular juicios morales ni indagar las causas de las cosas, simplemente exponer las condiciones en que opera cierto sector de la economía, personas que probablemente se vieron obligadas por las circunstancias a marchantear, y quizás no les quedó de otra. Yo soy yo y mis circunstancias, diría Ortega Y Gasset. Cada quién se gana el pan como puede.







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