El erotismo como transgresión del vacío


2006, septiembre 26


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El aroma de tu hembra es el narcótico más potente.
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Amor, es el cielo celeste en ella y el infierno escarlata en ti.
J. S. R. S.




¿Dónde quedó toda esperanza? ¿Acaso alguna vez existió tal? La oscuridad de este vacío estremecedor en que existo al borde de la nada es delirante, sólo existe el dolor, y en el dolor existo. Siento el deseo de fundirme con el mundo, ese lejano equívoco, para dejar de arrastrarme por él como hasta ahora. Volver al polvo prístino. Me seduce pensar que acaso podría desvanecerme en él por toda la eternidad. O en Ella. Ella, que es un cuerpo capaz de amalgamar en sí la claridad de la sangre, la oscuridad de la muerte y la desolación del firmamento. Su aroma es un cielo embriagante incendiado de azahares, y su rostro una manzana del árbol del Edén. Al pensar en Ella, más aún, al sentir su piel o al respirar el canto desgarrante de sus ojos ceniza, es inevitable un derrumbe total, porque la distancia que nos separa es mucho más profunda que cualquier abismo. Qué no daría yo por destruir esa distancia y unirme a Ella para siempre. Ésa sería la destrucción perfecta. Es por eso que al “estar” con Ella todo conduce a la autodestrucción, destruir ese yo abyecto que no permite acercarme a su sol con estas alas de cera. Intento engañarme creyendo que esto es posible, pues soy una contradicción que apesta a carne putrefacta.


Por años me he debatido en combate constante con mis tantos yoes, desgastándolos poco a poco, poco a poco. Hoy me he visto a mí mismo, pequeño y frágil, arrinconado en mi nada, insignificante, sublime. ¡Cómo me odio! Contemplarme así, perdido, inserto en el universo enorme y a la vez insignificante y nulo es un espectáculo de una crueldad avasalladora. Dan ganas de destruirlo todo... el mundo se ve mejor completamente destrozado, cuando el absurdo se desmenuza hasta lo absurdo... nuestra limitación no alcanza a abarcarlo todo, aunque quisiera apoderarse de los mundos y de los soles, de las galaxias, del cuerpo de la mujer amada. ¿No es hermoso el cielo cuando, descuartizado, llora desconsolado por las tardes? ¿No conmueve hasta la conmiseración ver a Dios así de solo como uno, aislado –sabrá Dios dónde- y desquiciado como sólo él mismo? ¿No dan ganas de poseer un agujero negro, de inyectarle al alma montañas y mares, y valles, y ciudades enteras? La vida es esa constante frustración de pretender trascender lo intrascendible, es esa enfermedad de estar, estar aquí por un momento sabiendo que al siguiente nos habremos ido, pero estar ligados, por el deseo, tan profundamente a este polvo, que intentamos quedarnos aquí aún después de habernos ido.



Parecería que la única manera de unirme al caos, y despojarme de una vez por todas de esta piel y estos huesos impregnados de aberrante podredumbre, la alternativa más sabia, tal vez la única, sería caminar hacia el valle de las sombras. El amor conduce necesariamente al deseo enervante de entregarse a la muerte. El amor es otra necesidad no material que no apesta a instinto ni a vida. Es el deseo de competir contra el vacío. Es el atreverte a desafiar el vacío, el abismo, en ti y en Ella para atreverte a sentirte lleno. Un lleno inmaterial que sientes pleno entre su carne y su sudor. Eso es amor (J. S. R. S.). Es este atrevimiento de negar la vida, atreverse a Ser, el que ha conducido al hombre a plasmar lo etéreo en la Palabra, en la Música, y en toda manifestación de la hermosura desbordante de la Nada (el arte), en que vibramos como chispas en decadencia condenadas a desaparecer. Toda intuición de ese devenir en nada, dilucidada alguna vez por el ser humano, conduce a esa sublime entrega en el Ser. Incluso justifica la existencia de un Dios.



He encontrado una razón para seguir muriendo, para continuar agónicamente peregrinando por valles de lágrimas y páramos de alegría. Andaré errático, herrumbroso, entre los hombres y mujeres de esta tierra baldía, y la razón de todo, de mi nada, es una palabra. Poesía. Poesía es dejarse asesinar por la Palabra.



La Palabra es la expresión mayor de nuestra desgracia, prueba irrefutable de la finitud humana, el absurdo máximo y más bello. Es la ficción de transmitir el ser a otro ser. La Palabra es un conflicto de la voluntad, que no encuentra cómo salirse, cómo escapar de estas paredes de carne que la aprisionan y la seducen. Mi religión es ahora la Poesía, bien puede Dios pudrirse en su celeste tumba, si le place.



Estoy condenado a sufrir la suerte de los que se atreven a entregarse a tal idilio: amar con locura una Diosa excelsa, que sí ofrece un paraíso verosímil en recompensa, un paraíso a la medida del hombre, un paraíso que duele mientras se respira. Ofrece también delicias de dolor y de pasión alucinantes, intensificación de todo sentimiento, de toda sensación.



Todo es prescindible, y no será nunca suficiente cualquier renuncia para vivir amándola. Incluso, la renuncia se vuelve imprescindible. Renuncia al mundo, lo cual entraña una contradicción, pues no dejo de vivir en él, aunque quisiera. Por ello estoy dispuesto a destruir la Tierra entera con palabras, un ascetismo revolucionario y contradictorio, como yo. Si algo caracteriza a la Palabra es su inmaterialidad, su etérea existencia más allá del papel y de la tinta. La conjunción de su divinidad con la voluptuosidad del erotismo en el amor transfigura dolorosamente a aquel que en sí los conjuga. Pero es hermoso.



Hoy es Getsemaní. Las gotas de sangre que brotan de mi piel transfigurada laceran tanto, que rayando estoy en la locura. Como si una visión me derribara camino a Damasco…
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