Pinchedad



La pinchedad no es algo vago, un concepto del que solo te acuerdas cuando el dedo gordo del pie se encuentra casual y abruptamente con la pata de la mesita de centro mientras andas descalzo por la casa a oscuras. La pinchedad va más allá y abarca cada momento de la vida, desde que vas a la tienda y te encuentras con que ya subió un peso el kilo de huevo, desde que te levantas a desayunar y al abrir el refri te hallas con que no hay nada de comida, desde que al subirte al camión el chofer manjea como si transportara ganado en vez de gente. La pinchedad se huele en la transpiración del ñero que se paró junto a ti en la fila de las tortillas. Se siente en los centímetros de más de la barriga que ya no te entra en los pantalones favoritos, se saborea en el caldo de pollo de doña Irma la del mercado, que ahora salió con unos cabellos ocultos entre las verduras. Te la puedes encontrar pintarrajeada en las paredes de los pasos a desnivel de las avenidas, o tirada en la banqueta con los anuncios en el periódico de productos que te previenen la osteoporosis. Te la topas de frente cuando saludas a alguien que no habías visto en años y ahora está hecho un montoncito de huesos cuando tú lo recordabas rechoncho y risueño. La pinchedad te acompaña cuando vas al baño y no hay papel higiénico para limpiar lo que debería. Está enmarañada en los cables de teléfono cuando al descolgar la bocina una señorita con voz aflautada te dice que debes tres meses de la tarjeta de crédito y si no pagas te van a iniciar un proceso judicial.

La pinchedad está en cada taco que te llevas a la boca, en cada pinche bache lleno de agua que te hacen salpicar los carros al pasar despreocupadamente hacia su destino. En el recuerdo de la mujer con quien te acostaste hace un año y que ahora te asalta de repente al cruzar la esquina, quizás disparado por un aroma o un color. La pinchedad te arrastra, te revuelca, te hace girar y caminar una cuadra más, te escupe desde los puentes peatonales y te arrempuja cuando vas cargado de tiliches en el transporte público, te golpea cuando vas por la banqueta y en eso un medidor de energía eléctrica se sale de la construcción justo a la altura de la sien.

Es como si quisieras escapar de tu peor enemigo pero él va siempre un paso más adelante, escudriñando cada uno de tus movimientos para hacerte caer, para que pases vergüenzas al haber olvidado la cartera y darte cuenta justo en el momento que tienes que pagar todo lo que habías ido a comprar al supermercado con una fila de ojetes detrás de ti, con tanta prisa como tú mismo, y tan pocas ganas de esperar una aclaración o una devolución.

La pinchedad se agranda o se achica para caber en el bolsillo trasero de tu pantalón cuando el chicle que acababas de acomodar en su papelito se escurre y queda pegado a la tela arruinándola. La pinchedad no se acaba, es inagotable como la tierra bajo tus pies y te jala, está presente en las leyes de la física, desde la ley de la gravedad hasta las teorías atómicas.

No hay forma de explicarla, pero está ahí, y es innegable, además de insoportable la mayoría del tiempo, y uno no se explica mucho menos cómo la gente puede ir tan tranquila sin darse cuenta de esa ineludible peculiaridad de la existencia. La pinchedad. O mejor dicho, la Pinchedad, así con mayúscula porque así de importante es, como una ciudad o una persona. Puedes habitarla casi sin darte cuenta o haciendo hasta lo imposible para escapar de ella, y aun así siempre te ganará, siempre habrá algo pinche para darte en la madre cuando creías que ya la habías librado. Y es porque solo somos seres humanos, quizás si fuéramos dioses tendríamos algo de poder sobre ella, o podríamos usarla para nuestros propios fines. Hay gente que sí la usa, logra transferir su pinchedad a los demás para joder, ya sea porque están encabronados con su propia pinchedad o solo porque tienen ganas de joder, de esas que no se te quitan hasta que haces decir a otro chingada madre, pinche seas, amén.
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