Calma



Karelia estaba tendida sobre el césped alfombrado de flores de jacaranda, en algún jardín de la universidad. Abrió los ojos, y el cielo le dolió en su resplandor de daga afilada. Se incorporó lentamente hasta quedar sentada. Algo había cambiado. Era como verlo todo por primera vez. Una lágrima deambuló por sus mejillas marmóreas hasta coronar el brillo de la sonrisa que sus labios esculpían. Si algo había cambiado, era ella. Llevó a su pecho el viento fresco de la mañana, mezclado con el canto verde de los pájaros, y se levantó para la clase de las once y media.
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