Hay una feria a la que vamos cada año los cuates y yo en un pueblo de aquí cerca. Cuando la banda toca, la gente se llena de alborozo y usa la plaza principal como pista de baile. Los muchachitos aprovechan para invitar a bailar a la mujer que les gusta, sin perder de la mano un minuto su vaso con cerveza o con tequila. Hay puestos de bebidas preparadas, de tacos y de juegos, que hacen de los aromas una mezcla heterogénea imposible de hallarla en otro lugar. Para entrar al baño te cobran y te dan un pedazo no muy grande de papel higiénico que ya tienen listo cuando uno paga. A las diez hacen la final del concurso de la reina del pueblo, que casi siempre resulta ser hija de uno de los comerciantes más acaudalados de la región, o de un terrateniente con mucho billete, aunque a veces sí están bonitas las chamacas. Luego del concurso los niños empiezan a irse, primero a tronar cuetes y luego a sus casas porque sus madres comienzan a llamarlos, y ajena a esos trogloditas, la fiesta sigue. Nosotros nos buscamos unas sillas en el casino, desde donde se puede contemplar todo el ir y venir de gentes, los más viejos con traje típico o sarape, los jóvenes con sus ropas de mezclilla y camisas importadas. De ahí pa' delante lo nuestro es emborracharnos jugando cartas y oyendo la música de la plaza. Siempre cantan un amplio repertorio, desde las canciones viejitas hasta las novedades de la banda en turno. A mí se me hace un nudo en la garganta cuando interpretan alguna que yo me sé, pero siempre reprimo las ganas de cantar porque tengo una voz no muy privilegiada y los compas luego se entusiasman para que me eche el palomazo, aunque a mí no me da la gana y sólo la primera vez lograron convencerme. Fue desastroso. Prefiero beber y fumar, espectador de todo lo que sucede ante mis ojos. 

A veces el galán convence a la muchachita con quien baila de alejarse del bullicio con el pretexto de platicar, pero más allá de las cuatro calles principales sólo ellos saben lo que pasa. Yo me lo imagino. Bajo un árbol de mangos él la besa y logra desabotonarle la blusa, ella hace como que es muy pudorosa pero la noche es mágica y los grillos le gritan que todo puede pasar. Después de caer la falda sigue el pantalón, con su hebilla enorme en el cinturón, y las manos se multiplican sobre uno y otro cuerpo, alumbrados tenuemente con la luz de las estrellas cómplices. Para entonces se han perdido ya las bragas de ella, y él arremete entre sus piernas como queriendo incitarla a una batalla, pero ella sólo responde con los músculos turgentes facilitando la embestida y buscando los ojos de su hombre para preguntarle con la mirada hasta dónde va a llegar después que terminen ambos de saciar su sed de caricias, sed de saliva untada en todo el cuerpo. La mirada de él parece decir que sólo hay ahora en un tono convincente, tanto que doblega la pregunta de los ojos de ella. Y todo eso lo pienso mientras bebo mi tequila y fumo mis Raleigh como si fueran la última cajetilla del mundo. 

Mientras tanto en la plaza las canciones se vuelven cada vez más lentas y las parejas se abrazan y se besan, y es un bello espectáculo mientras uno no se vea inmiscuido en él, manteniendo cierta distancia prudente para contemplar el milagro de la una de la madrugada, con la basura ya regada por todos lados, en las jardineras y bajo las arcadas de la presidencia municipal. Cuando ya las copas nos pusieron suficientemente alegres, nos vamos al coche del Dávila para dormir por lo menos hasta que amanezca, y emprender el viaje de regreso a esta ciudad en la que fuimos condenados a nacer y a vivir. 

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