Soñé que despertaba, desnudo, solo, en medio de una plazuela de estilo como italiano, mientras un coro omnipresente pero invisible entonaba a todo pulmón un Aleluya que ya quisieran en El Vaticano. Dondequiera que volteaba, el lugar estaba vacío de gente, pero había montones de basura regados por todos lados, botellas de refresco, platos desechables, restos de comida, condones usados, confeti, bolsas de plástico, pañales. Era de noche, pero el sol brillaba opaco a mitad del cielo sin luna y sin estrellas. Yo tenía tatuados en el pecho un arco y dos gárgolas, una a cada costado del arco. Resplandecía en las cosas un fulgor como de metal incandescente. Caminé con una pesadez de toneladas en cada miembro del cuerpo, como si estuviera encadenado y cada movimiento constituyera un esfuerzo tremendo, y así llegué hasta el borde de una fuente que manaba aguarrás, en la cual sumergí la cabeza llevado por una pulsión irrefrenable. Al levantarme, del cabello me chorreaba sobre el cuerpo ese líquido infame y los tatuajes se desdibujaban hasta parecer garabatos ininteligibles. Después, con el mismo trabajo que me tomó llegar hasta la fuente, caminé hacia una pared cercana de la que pendía una antorcha, que agarré con ambas manos y coloqué frente a mí, con ganas de incendiarlo todo, pero algo ajeno a mí mismo me lo impedía. Y ahí estoy, sosteniendo el fuego que dota de un brillo distinto a los objetos alrededor mío, inmóvil, como esperando una señal que nomás no llega. De repente me canso de levantar la antorcha y la suelto, rueda pendiente abajo sin apagarse, iluminando las calles de piedra roja como brasas en la hoguera, y dirijo mis pasos torpes detrás de ella. La punta chisporroteaba de brillo, marcándome el camino a seguir. Y así llegué a la puerta de una heladería con el marco desvencijado, de la cual provenía un hedor como de limones quemados, y al acercarme los edificios parecían retraerse, queriendo escapar hacia quién sabe chingados dónde, pero finalmente cruzaba el umbral, con mi verga descomunal colgando entre las piernas como pistola de vaquero al entrar a una cantina en una película del oeste, las piernas bien abiertas, como en alerta, a la expectativa de cualquier acontecimiento inusitado para reaccionar como un animal entrenado para enfrentar el peligro sin chistar. Pero nada ocurrió. Me di cuenta que el establecimiento estaba abandonado hacía quién sabe cuánto tiempo, a juzgar por las telarañas que recubrían las pinturas de las paredes y la mugre de los espejos que, laterales, daban un aspecto de mayor espacio disponible ahí dentro. Di la media vuelta y salí otra vez a la calle, una rata estaba suspendida en medio de la nada, todo había desaparecido, incluso yo. Lo único que había era la rata, de pelambre gris, que brillaba entre la oscuridad circundante, como flotando. Se le veía respirar agitadamente, sus patas temblaban como si estuviera muriendo de frío, mantenía firme la cabeza, con la mirada perdida en la inmensidad de la noche, ya sin sol, donde lo único que relucía era la rata con un resplandor que provenía de sí, la rata, interminablemente la rata, absorta en su soledad hiriente, manchada de mugre, con una cola larga y delgada, inerte a pesar de sus minúsculos movimientos casi imperceptibles, como si estuviera muerta y viva al mismo tiempo, girando en el sin tiempo del hastío fulminante, no cayendo, sino sostenida por una fuerza invisible que daba firmeza a su estar tendida, una leve brisa proveniente de no sé dónde remecía su pelo hirsuto, acariciaba delicadamente su ser repugnante, pero esas caricias no las sentía porque se mostraba completamente indiferente, hasta cierto punto altanera, como si supiera que era lo único que existía en todo el puto universo y ese pensamiento le tuviera entretenida constantemente, sólo se veía su nariz fruncirse de vez en cuando, y era tan tétrico el espectáculo que daban ganas de voltear a otro lado, pero a dónde, si la rata era lo único que había en todo el espacio, lo único en que la vista podía posarse, lo demás era negrura, la nada envolvente que siempre sentimos alrededor y nunca nos atrevemos a dilucidar, manifestada exponencialmente por el contraste enre el roedor y su entorno vacío. Y todo terminó así.


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