Limpiar el baño de vez en cuando para que no parezca un chiquero es algo que odio profundamente, pero hay que hacerlo. No sé por qué, pero lo hago. Cuando llega un momento en que está hecho una piltrafa, tomo el jabón y la jerga, y le doy una pasada. A lo largo de los años ese recinto se ha convertido en una especie de altar a mi yo más profundo y perverso, su decadencia me hace recordar algún tiempo cuando fui distinto, cuando mis perversiones eran nacientes y apenas se perfilaba esta carroña que soy ahora. No me explico cómo alguna persona se puede interesar mínimamente en alguien como yo, pero las hay, y siento una tremenda repulsión hacia ellas, aunque algo dentro de mí me impide mostrarla, una especie de pudor o de autorepresión. 

No soy un hombre a quien alguien pueda amar, y si alguien dice hacerlo es sólo porque conoce mi careta más falsa, esta de viejo tranquilo y ocurrente, persistente, caballeroso. Son sólo costumbres adquiridas que me enferman y no puedo quitarme de encima, como si la máscara se hubiera sincretizado con mi propia carne. Mi carne es lo putrefacto, pero nadie lo conoce de veras, ni siquiera yo logro imaginarlo en lo más hondo de mí mismo cuando en el silencio me entrego a la introspección y descubro siempre alguna malevolencia distinta, de la cual no tenía idea antes. 

Adoro ver caer a la gente, pero mi represión inexplicable me impide reír de ello. Creo que la risa me está vedada hace mucho. Me refiero a una risa sincera, porque tengo una sonrisa socarrona, de hiena, que me hace aparentar un poco menos refunfuñón de lo que realmente soy. ¿Dónde perdí ese yo nítido, noble, si es que alguna vez lo hubo? No logro encontrar ese punto de inflexión en mi vida, por más que me esfuerzo en comprender este fenómeno de degradación ocurrido en el Ceferino interior. 

Exteriormente cualquiera me tomaría por un hombre cualquiera, sin imaginar que en mí prevalece lo perverso, lo tórrido malévolo. Quizás nadie logrará desentrañar el Ceferino verdadero porque está escondido, siempre entre la maleza de su ficticia personalidad bonachona. Uno se vuelve ajeno de sí mismo con el paso del tiempo, o más bien, ajeno del yo que alguna vez hubo. 


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