Yo no sé por qué la gente cuando viene a comprar sus revistas o el periódico se pone a contarme sus cosas, a mí qué chingados me importa su vida, pero claro, son clientes y no me voy a poner a mandarlos a la verga. Tengo que quedarme escuchando, haciendo como si de veras me interesara lo que dicen. Que si la hija de doña Amelia ya anda con otro cabrón y hasta salió embarazada, que la señora Priscila ya no vende pozole los domingos porque se enfermó su mamá que vive en Zacatecas y se tuvo que ir para allá a cuidarla pero no tardó el de la tienda de abarrotes en sustituirla aprovechando la clientela que ya tenía y ahora despacha el pozole en el patio de la tienda, que el Mono ya anda trabajando en una ensambladora de electrónicos y está aprendiendo a usar el montacargas para que le paguen más y poder comprarse un carrito con el cual piensa viajar a los pueblos los fines de semana y vender ropa de fayuca y aprovechar para conocer los atractivos turísticos de cada lugar. 

¿Por qué tienen que venir a mí, que me importa un bledo lo que hacen? ¿Me ven cara de gurú para pedirme consejos o algo por el estilo, o sólo tienen ganas de sacarse todas sus preocupaciones con un viejo que parece atento con las personas? Nadie sospecha que por dentro estoy imaginándolos en las circunstancias más terribles, sólo por venir a quitarme mi tiempo de estar contemplando cómo la mañana se desgaja frente a mi puesto, fumando mis Delicados con ganas de enfermarme de los pulmones para ya pronto morirme y que todos se vayan al carajo. Si a alguien se lo dijera, no sé si me mandarían al manicomio o sólo me darían por mi lado pensando que son puras palabrerías de un pobre viejo que ya como que chochea. 

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